viernes, 4 de septiembre de 2015

La ciudad irá en ti siempre (I)

Infancia 

Nací en el materno infantil y tardé muchos años en darme cuenta de que no era especial por ello porque si le preguntabas a los demás niños te decían lo mismo. Tampoco había nada especial en mi nacimiento, ni me adelanté ni llegué demasiado tarde aunque tuvieron que sacarme con fórceps y aún así fue normal. De gatear pasé a correr y me golpeaba tan fuerte que el dolor me dejaba muda y no podía llorar. Aprendí a leer en una guardería cuyo nombre no recuerdo pero a la que sabría situar sin rechistar aún ahora en un callejero de El Palo. Al principio mis padres me llevaban por el paseo marítimo en el asiento trasero de la bici, luego mi madre se compró una moto y mi momento favorito de la semana eran los domingos de desayunar churros con chocolate en un videoclub-cafetería después de misa. También aprendí a patinar en la pista de baloncesto del paseo marítimo, bajo la máxima de no poner las manos al caerme porque podrían romperse y el culo no. El Telepizza que hacía esquina era un premio, igual que el parque de bolas que significaba cumpleaños y que cerraron hace tanto que casi ni lo recuerdo. Me crié en Pedregalejo sin hacer castillos de arena como los niños de las demás playas. Yo jugaba en los espigones, llenando orgullosamente mi cubo de erizos con los que pretendía montar mi propio chiringuito, como alternativa a las barcas de espetos que (además de detestar las sardinas) me parecían ruidosas y extravagantes. Huelga decir que luego mi madre nunca me los dejaba llevar a casa. Todos los dieciseis de julio veíamos entrar en el agua a la Virgen del Carmen y nos mojábamos los pies y comíamos pescaito. Si me comportaba podía montarme en una atracción o dos de las de la feria. Luego nació mi hermana y ese día fue para siempre el suyo. 

En casa teníamos una azotea en la que habíamos pintado un árbol y un sol amarillo y en las tardes de verano era el último sitio que se iluminaba antes de que todo se oscureciera dando la impresión de que el que brillaba era el sol de la pared y no su homólogo. Me pasé una parte de la infancia intentarlo retenerlo con frascos de cristal, espejos e incluso con redes. De haber tenido una cámara de fotos me hubiera ahorrado la decepción de mis intentos fallidos. Cuando descubrí que no funcionaba me centré en el limonero y las enredaderas del patio delantero. O quizá era un melocotonero, no lo recuerdo demasiado bien. Las enredaderas sí que estaban. Enterraba cosas, para mi sumamente valiosas, en los terrarios intentando que crecieran o  que alguien las descubriera pasados unos años cual tesoro. Siempre las descubría mi madre y las acababa tirando después de una bronca, pero yo no cejaba en mi empeño. Mi madre también me pintaba los zapatos; en aquella época en la que para mi Victoria eran zapatillas de lona y no una marca de cerveza. Tenía el colegio a cinco minutos y en otoño había tantas hojas por el suelo que jugaba a no pisar ninguna en el camino y casi nunca ganaba. Siempre que llovía llegaba tarde y me tiraba hasta el recreo con los zapatos húmedos pensando que los niños que iban con botas de agua eran unos impertinentes, cuando a mi no me dejaban amañar de ningún modo el uniforme. Los días de excursión eran días de tortilla de patatas y de vestir a nuestra manera y podían planearse durante semanas. Por las tardes iba al conservatorio de mi barrio, que de día era un colegio público y en cuanto se vaciaba, apartaban los pianos y los atriles de las paredes y lo llenaban de música (luego se mudó a uno más grande y yo con él).

Semana Blanca era la semana de la libertad, en la que los padres trabajaban y podíamos ver los dibujitos todas las mañanas. El día de Andalucía era el de comer pan con aceite y sal y  chocolate aguado. Descubrí la magia de la Semana Santa tan temprano que se me gastó pronto; jamás conseguí acabar una bola de cera porque las perdía de un año para otro y tenía que volver a rehacerlas a partir de papel de aluminio. Ya entonces me parecía demasiado ruidosa y masificada, pero todo merecía la pena con tal de comer algodón de azúcar y manzana de caramelo. En una ocasión comí tanta que vomité y no he sido capaz de volver a probarla. Nunca he vuelto a vivir algo con tanta anticipación como los fines de semana con mi padre que significaban pesca, picnics en el parque del oeste y aprender a meter las marchas en el coche. Un domingo al mes iba al cine matinal de los domingos al Rosaleda y luego a comer al McDonald y si en la vuelta a casa mis abuelos me compraban chuches en un quiosco era la mas feliz del mundo.  Los años se deslizaron perezosamente y haciéndome cosquillas en la cara como el sol en invierno y la pequeña fortaleza que era para mi Málaga Este dejo de ser la mía. Cambié de barrio. 


lunes, 11 de mayo de 2015

Te jodes y pagas









Empezar diciendo que nunca me ha gustado el fútbol podría restarme credibilidad en todo lo que queda de post, pero así es. Pertenezco a ese colectivo de gente que desconoce de forma más o menos general todo aquello que no atañe al equipo de su ciudad o a los indigestos Madrid y Barcelona, presentes en todos los hogares a la hora del almuerzo. En mi casa siempre comíamos demasiado tarde y cuando pillábamos las noticias deportivas el único que ponía algo de interés en lo que se decía era mi padre, mascullando cosas como 'esos no valen nada' y 'son todos unos sinvergüenzas'. Mi padre piensa por norma general que todos los que salen en televisión son unos sinvergüenzas: empezando por los futbolistas y terminando por colaboradores de programas y políticos en su mayoría. Una enseñanza parcial y poco profunda con la que, no obstante, después de mucho informarme y razonar al respecto sigo estando completamente de acuerdo.

También he ido creciendo con los niños de mi barrio y como todo grupo de amigos de barrio el punto central de conversación ha sido siempre el equipo de nuestra ciudad. En mi caso, el Málaga, equipo que he llegado a seguir y a apoyar en ciertas ocasiones; de lo cual me siento orgullosa. Puede que verlos perder no me quite el sueño pero sí que cuando han ganado, me he entusiasmado irracionalmente contagiada de la alegría general. Podríamos decir que más que el equipo, es la ciudad. Vi un partido en el campo por primera vez hace unos meses y me encantó, he visto cientos de partidos en la televisión y he sido capaz de aguantar unos cuantos sin aburrirme en absoluto. Salí a celebrarlo cuando España ganó el mundial. Y después la Eurocopa. Vi casi todos los partidos y me lo pasé bien.

También he despotricado otras tantas veces de la saturación constante de medios de comunicación y redes sociales por culpa de los malditos partidos. No me parece hipócrita comentar un partido habiendo miles de cosas más importantes de las que quejarse pero tampoco entiendo a aquellos que sufren por perder una liga y no por la constante decepción que supone ver el resto de las noticias. Respeto el fútbol, como hago con la mayoría de las cosas que implican una creencia, un sentimiento para un grupo más o menos grande de gente. En parte porque me he acostumbrado a ello desde pequeña y en parte porque me resisto a pensar que la gente en su mayoría es idiota. No voy a pasarme la vida indignada porque 'sea una cortina de humo' o 'los futbolistas cobren más en una semana que una persona media en un año entero'. No es asunto mío y no soy yo la que hace cola durante horas para pagar por un abono de temporada y se gasta dinero constantemente en diversas muestras de apoyo; así que dolerme me duele poquito.

Ahora, por lo que leo, todo el conglomerado de asociaciones, clubes y demás, entre los que no hago distinción porque no sabría que barómetros aplicar a cada uno, decide irse a la huelga tras la aprobación de un Real-Decreto que regula la venta de derechos televisivos. Investigando un poco he averiguado que los equipos de las tres primeras divisiones deben más de 500 millones de euros a hacienda y que están sometidos a 'mucha presión fiscal' individual y colectivamente. Algunos dicen que ese es el problema de verdad y que a los futbolistas se las trae un poco al pairo el Real-Decreto: lo que no quieren es pagar más impuestos ni que Hacienda siga entrometiéndose en sus pequeñas-grandes empresas particulares y demás. Qué risa. En los pasados meses, apelaron a cambios en la reforma fiscal que fueron ignorados completamente por Miguel Ferre, Secretario de Estado de Hacienda. Con lo que tiene que costar que ese señor lea una carta como para exigirle que cambie una ley hecha por ellos mismos.


No puedo hablar de fútbol porque no sé, así que hablaré de algo que me suena algo más: según la Agencia Tributaria las inspecciones a los futbolistas se producen con el mismo criterio que al resto de ciudadanos. Partiendo de la base de que el susodicho resto de ciudadanos no cobra por derechos de imagen, resulta irónico pensar que se sigue el mismo criterio con los futbolistas, cuando estos tributan sus derechos de imagen a través de sociedades para reducir la factura fiscal y no les pasa nada. Tampoco veo igualdad de criterios en los embargos a las empresas con deudas; el año pasado Iker Casillas pagaba dos millones de euros a Hacienda después de una inspección tras "un ajuste con discrepancias en la interpretación de la normativa" y, por supuesto, sin ningún tipo de sanción económica derivada del tratamiento fiscal erróneo a determinados ingresos. ¿Eso pasa en un negocio cuyo propietario sea un empresario medio? Incluso ahora que se están levantando a actas a futbolistas de alto nivel por el 15% de sus ingresos que cotizan a un tipo menor por el impuesto de sociedades el criterio en las inspecciones no se puede comparar con ningún otro; pagan menos, se libran de las multas y encima se quejan.

No sé cuánto de verdad hay en esta huelga ni si va a durar, tampoco sé a ciencia cierta si va a llegar hasta el final: está claro que los únicos que tienen algo que perder son ellos y sus seguidores: unos el apoyo y otros el entretenimiento. Lo único que sé es que si Montoro se echa para atrás por las presiones y las quejas de los futbolistas en víspera de elecciones, además de incompetente estaría dejando claro que la corrupción no solo se tapa, si no que se aprueba. Y eso es mucho más de lo que algunos van a tolerar. Como diría Rajoy: sé fuerte, Cristóbal.



martes, 5 de mayo de 2015

The real thoughts

Los martes por la mañana me despertaba sintiéndome como Edna Pontellier en The Awakening un día cualquiera. Tomando conciencia de mis obligaciones mientras la cama me reclamaba con la fuerte insistencia de la tradición. Las pupilas dilatadas, el cuerpo pesado y el cuello rígido regados con ingentes dosis de cafeína. Café negro, sin leche. Dos sobres de edulcorante y unas zapatillas deportivas mal atadas. Puerta.

El tranvía que nunca llegaba a su hora pero tampoco lo suficientemente tarde como para no dejarme caer en clase con relativa puntualidad. Siempre demasiado temprano para estar ya vivo. Otra interminable hora y media de delirios febriles como los del Harry de Hemingway en los que cada prosa se desgranaba en cientos de palabras repetidas hasta perder el sentido. La agonía y los minutos pasando como la muerte final. Metáforas imposibles, caracteres complejos y vulgaridad tallada en arte, como Lolita . Datos que absorbía entre cabezada y cabezada mirando con desinterés las diapositivas que pretendían engrandecer la historia, ajenas a nuestra pasividad.

En la tarima, el profesor. Leyendo en voz alta fragmentos del Gran Gatsby , levantando la mirada de la hoja para exigirnos ese brillo de inteligencia, de comprensión. Inagotable. Intentándolo una vez y otra, aunque nosotros nos limitásemos a dormitar. Abriendo en canal a los personajes sobre su mesa e invitándonos a saborear las entrañas. Dejando caer las manos derrotadas por unos segundos para comenzar otra vez con una nueva frase. Yo lo miraba con lástima, impotente ante sus esfuerzos nada productivos. ¿Cómo podía seguir intentando explicar los colores a los ciegos y la música a los sordos?

En particular, yo pertenecía a este último grupo. Miraba pero no quería escuchar. Los ensayos me aburrían en sobremanera y consideraba que las novelas necesitaban cierta intimidad; imposible de alcanzar en una clase llena, aunque fuera de ciegos. Así que leía y obviaba los demás estímulos. Pero ah, la poesía. Estaba hecha por y para el público; incluso para el que no la entendía. Todo lo que está escrito no tiene más sentido que ser leído por otro; pero la poesía incluso más. Necesita que la aprueben y la adulen para tener razón de ser.

Yo acariciaba las sílabas de los poemas entre lengua y paladar, ordenando las mejores frases a mi antojo y creando nuevas estrofas inconexas pero con sentido; emulando a Cunnings pero bien, porque, ¿cómo vas a querer aquello que no comprendes? Y qué pasión. Leer poesía en inglés me parecía mil veces más delicioso que en mi propio idioma, en el que, según qué y quién se me antojaba completamente insoportable. Y mucho más difícil. Aún tenía clavada la espina de aquel poemario tan estúpido de Baudelaire que me irritaba con solo recordarlo. ¿Quién necesitaba el simbolismo con lo bonitas que eran las palabras?

Leía a Williams y me dolía el pecho de andar por la nieve a oscuras. Me veía por encima de la filosofía de Locke y me daba rabia no saber. Quería comprender más. Abarcar más. Y cuanto más quería más rápido me cansaba. Había abandonado la musicalidad por el sentido y no me arrepentía, al menos hasta que volvía a ser martes por la mañana ¿Qué era eso de morirse sin conocerlo todo?

lunes, 13 de abril de 2015

De la casta le viene al galgo

Reflexionando concienzudamente sobre el tema he llegado a la conclusión de que no me parece mal como concepto en sí que la gente consiga acceder a un puesto de trabajo por enchufe. Quiero decir, no me parece condenable siempre y cuando a ese hecho acompañen ciertas cualidades dignas de admiración como la valía, la dedicación y el esfuerzo; tampoco no estaría mal aliñar la mezcla con un poco de humildad y sacrificio; cualidades que raramente se reúnen todas juntas en un sujeto normal y corriente. Supongamos que la posibilidad de que se reúnan en alguien que accede a su puesto de trabajo sin esfuerzo desciende dramáticamente en proporción. Puras matemáticas.

Empecemos por el principio ¿qué es tener enchufe? Según WordReference -mi nueva RAE- es obtener una recomendación o un cargo o beneficio por influencia. En general se usa como expresión despectiva, es decir, recalcando que el susodicho enchufado/a carece de méritos propios y que jamás habría logrado acceder a dicho puesto o a uno semejante sin ayuda. Como en todo, se generaliza. Se da por hecho que una persona por ser enchufado, heredar un cargo o tener más facilidades que otras para situarse en un punto concreto del entorno laboral queda automáticamente descalificada en la escala de capacidades cuando no siempre es así. Dicho de otro modo: una persona que trabaja por enchufe puede hacerlo tan bien e incluso mejor que otra que haya conseguido ese puesto de manera más 'legal'.

Otro punto que también me hace plantearme la validez del enchufe frente al acceso a un puesto de trabajo en igualdad de condiciones: ¿acaso el sistema educativo funciona por meritocracia? A todos nos viene a la cabeza alguna persona con una carrera, experiencias varias y un montón de títulos que acreditan su preparación y a la que, sin embargo, jamás pondríamos en el puesto de trabajo que actualmente ocupa. También conocemos otras personas que por un motivo u otro ya no recuerdan lo que aprendieron y aún así siguen ejerciendo en ese campo profesional porque a trabajar se aprende de la manera más obvia: trabajando. Y son completamente válidos sin necesidad de recurrir a nociones teóricas. El sistema educativo actual -y no tan actual- está basado en la errónea concepción de que lo importante es memorizar contenidos teóricos y plasmarlos sobre el papel aunque se olviden inmediatamente después: creando un ejército de terribles monstruos: titulados y sin capacidades suficientes para desenvolverse correctamente en el entorno laboral.

Si en la base no se promueve un sistema meritocrático ¿cómo puede exigirse en niveles superiores? Aceptar y tolerar el enchufe está dentro de nuestra idiosincrasia. Aprovecharlo si podemos acceder a él también. ¿Quién no se ha vanagloriado ante la posibilidad de acceder a un puesto al que no podría siquiera haberse asomado sin ayuda? Muchas veces escudándose en un inocente 'me lo merezco'. La exaltación y exageración de las capacidades propias conlleva muchas veces a la disminución del impacto del enchufe ante los demás y mucho peor: ante nosotros mismos. El ejército monstruoso de titulados sin capacidades ataca con su nueva arma: el enchufe que creen merecido, de cuyo ataque se hace difícil escapar. Pero este círculo vicioso que parece tan intolerable a aquellos que no poseen tan deseada ventaja tiene un origen demasiado obvio para ser obviado: aquellos alumnos que aprueban y superan sus estudios mediante mañas, enchufes y favoritismo son los mismos que elegirán a sus empleados a dedazo en las empresas del futuro. O en las instituciones. O quizá, en los partidos políticos ¿quien sabe? aunque no todos los enchufes apelen a la persona y aún sobrevivan algunos basados en las aptitudes personales conocidas debido a una relación personal previa.

Recemos por estos últimos.

lunes, 23 de marzo de 2015

Por qué Susana sí

Ayer fueron las elecciones al Parlamento Andaluz. Estoy triste por muchos motivos pero mis ideas políticas profundamente arraigadas, -políticas, no partidistas- que no han conseguido deslucirse aún del todo, dicen que en el fondo no está tan mal. Os cuento: los andaluces pecamos de dos grandes cosas: somos unos conformistas y nos da igual la honestidad. Puede parecer irrespetuoso y simple, pero es cierto. Andalucía ha sido socialista durante 33 años y va a serlo durante otros cuatro más,le pese a quien le pese (y tengo constancia de que pesa a muchos). No por mayoría absoluta, pero sí contundente y mi particular visión de la que se mantiene como presidenta de la junta, Susana Díaz, me hace pensar que era la única motivación de estas elecciones: ganarlas y quitarse de en medio a Izquierda Unida. Recuperar la 'estabilidad' de gobernar sola. Y tan bien. Claro que todos, comenzando por ella misma, sabíamos que iba a ganar. El argumento cobarde de en comparación con otras comunidades no estamos tan mal ha hecho mucho en las cabezas de los electores; la necesidad de contrarrestar al PP también. Y la costumbre. Otra vez, la base del bipartidismo: votar a PP o PSOE porque es lo que hay. He de suponer que los ERE, si importan a alguien, es a ese 40% de andaluces que -como yo, aunque por otros motivos- no han votado. O a los que han sido partícipes de esos 15 escaños de Podemos y los 9 de Ciudadanos.

La verdad, mirando desde el prisma de un millón y medio de votantes, es que no estamos tan mal. Andalucía es la comunidad autónoma con más paro pero también la que más gente tiene. Y su población es la que más becas, ayudas, cursos de formación etc recibe. Aquí no se han privatizado hospitales; mejor o peor sigue habiendo 47 hospitales completamente públicos. La Junta de Andalucía mantiene las tasas universitarias en las mínimas posibles mientras que en otras comunidades llegan a duplicarse y ofrece becas para alumnos que no pueden acceder a las del Ministerio de educación. Las becas escolares y la gratuidad de libros se mantienen; en conclusión: la educación está garantizada y esa es la base de todo lo demás. Así podría seguir un rato. La Junta de Andalucía es una corrupta, hace las cosas lento y mal. Pero las hace. El caso de los ERE demuestra que las raíces del PSOE están tan podridas como las del PP y que encima la pobredumbre está arraigada donde más duele: en casa. Donde han gobernado 30 años y van a seguir haciéndolo. La gente sabe que Griñán y Chaves están imputados, que han estado metiendo mano mientras estaban arriba y que ni siquiera han tenido la decencia de dimitir de su escaño en el Parlamento Andaluz. Pero no les importa. Quitando a los afiliados y votantes fijos que cada partido recoje bajo su ala -ya sea con subvenciones, amiguismos, enchufes o cualquier cosa que implique un beneficio a cambio del voto- hay un gran número de votantes que siguen eligiendo al PSOE porque les conviene.

Nos roban, sí. Pero menos que los otros. Nos roban pero no recortan; nos roban pero nos dan de comer. La gente, tal y como ha sido siempre, piensa de manera egoísta y en cierto modo lógica: si el PP está recortando en toda España y la Junta de Andalucía con el PSOE no recorta lo importante es evitar que el PP salga en Andalucía. Y la única forma de evitarlo es usar el voto de manera útil: votando al partido que está en el gobierno y va a salir seguro.

El problema y lo triste de todo esto: que PP y PSOE ya no son lo que hay. Los quince escaños que ha conseguido Podemos son pocos, pero seguro que han hecho chirriar los dientes a más de uno. Andalucía, que no ha sufrido tanto al PP como el resto de España mira a Podemos con más desconfianza que las demás comunidades. Teresa es una extraña y sin embargo, ha conseguido hacerse notar. Pero la gente no cree en el cambio. Podemos está ahí; bien. Pero no lo suficiente. Es inevitable que el voto cómodo y útil sea prioridad ante un voto arriesgado: son mejores sí, pero no van a ganar. Ayer leí que el cambio 'será generacional o no será' y supongo que ahí está la clave. En los jóvenes y no tan jóvenes que no apuestan por lo malo conocido, en los que todavía se indignan porque no entienden que la gente no reaccione. En los que entienden y piensan y en los que no entienden pero están descontentos y quieren mejorar. Estoy triste por los indiferentes, por los conformistas y por los que no quieren arriesgarse. Aunque los entiendo, estoy triste por ahora y por después. Puede que estos resultados no sean extrapolables de una manera simple al resto de España pero la lección que se lee entre líneas es una clara advertencia de cara a las generales: el cambio está asomando, sí. Pero somos nosotros los que no estamos listos todavía. Ni lo estaremos en unos meses.

Me resulta inevitable mencionar a Izquierda Unida por motivos personales; ellos son una de las espinas más dolorosas que me han dejado clavadas estas elecciones. Han sido como el hermano pequeño castigado por no sacar sobresaliente mientras al mayor se le premia por suspender solo tres; parte de lo viejo, una opción desechada y no real. Una 'verdadera izquierda' que no reluce y que se ha rendido en la campaña antes de empezar a luchar. Son el daño colateral de Podemos y después de esta estrepitosa caída lo único que queda es obviar esa sensación amarga de que otros se han llevado el trabajo propio y luchar por renovarse. Porque ahora, con sus más y con sus menos hay cinco partidos representados en el parlamento y con sus más y con sus menos los minoritarios están ahí, sin ganas de estrecharse las manos. Y eso es la base de la democracia; distintos caminos para un objetivo común. Al fin y al cabo, no son ellos el enemigo.

domingo, 1 de febrero de 2015

Tres meses incapaz de subir las persianas

Te prometo que intenté que me quisieras desde el principio pero fue imposible. Sé que no eras tú, era yo. Pero eso no es lo importante. El caso es que lo intenté y todos, incluso tú, se empeñaban en hacérmelo imposible. No me lo pusiste nada fácil. Muchas veces dudé de que fueses la decisión correcta, sentía que todo lo que había sacrificado por ti no había dado el fruto esperado. No merecía la pena. Vale, quizá sí que hubiera sido distinto si yo hubiera puesto de mi parte y podríamos habernos hecho mucho más felices mutuamente. Pero tú nunca quisiste comprenderme, entender que no sentía estar contigo como mi sitio y que no necesariamente el roce hace el cariño. Esperé durante semanas un acercamiento inminente que nunca llegó, derivando en una brecha que no tenía fuerza ni ganas de franquear. Tú no me querías aquí y yo tampoco. Ahí fue la primera vez que me planteé alejarme de ti. Había estado dispuesta a dar, a tirar lo mejor que tenía por algo que ni veía correspondido ni me aportaba nada más que decepción.

Entonces cambié. Empecé a entender que no podía cambiarte y que lo mejor era intentar aceptarte tal y como eras. Me fui acercando lentamente, di un paso atrás para verte con perspectiva y me gustaron las nuevas vistas. Solté los nudos correctos, alguien me dijo que eras tú lo que tenía. El siguiente paso fue intentar entenderte. Me costó mucho tomarme con buen humor todas tus embestidas pero apreté los dientes y acabé amoldándome a ti. No iba a coger nada más que lo que quisieras darme pero tampoco iba a aceptar menos de lo que me merecía. Tú te relajaste un poco y me dejaste conocer tus rincones. Me tendiste la mano y empecé a pensar que quería volver a intentarlo. Y me quedé. A veces me sorprendía mirándote con una sonrisa de oreja a oreja, orgullosa de mi elección y de lo que estaba aprendiendo de ti. Otras veces, cuando me hartaba de ti y de tu frío, recurría a mis viejos consuelos que me recordaban que aunque a veces se me olvidase eras de lo mejor que me iba a pasar en la vida. Y que debía aprovecharte mientras pudiéramos. Me gustaba hasta que me odiase tu gente; sentirme única y tan pequeña en tu grandeza. Y me sigue gustando.


He necesitado tres meses para aprender que casa es también cuando enseñas a tu corazón a querer un sitio. A veces, estar aquí me hace sentir la persona más afortunada del mundo.

jueves, 29 de enero de 2015

Mis silenciosos acompañantes

Todos hemos escuchado alguna vez la famosa cita de Heráclito que dice así "no se puede descender dos veces por el mismo río, pues cuando desciendo el río por segunda vez ni el río ni yo somos los mismos". Pues bien. He intentado aplicar esa máxima de mejor o peor manera a lo largo de mi vida, de manera especialmente incisiva en algunos ámbitos como el de retomar viejas amistades que se rompieron por algún motivo o el de recuperar viejos estímulos de la infancia que si bien recuerdo de manera distorsionada fueron parte de todo eso que me hace ser exactamente lo que soy ahora.

Últimamente estoy fallando estrepitosamente y lo que es peor: por voluntad propia. Siempre he tenido muy mala memoria pero sé que mi infancia y adolescencia van ligadas irremediablemente a una serie de títulos literarios: peores o mejores, más famosos o menos pero míos. Cuando pienso en mis fines de semana en casa de mis abuelos no puede si no venirme a la mente la escena en la que la abuela del protagonista del libro Las Brujas (Roal Dalh) le advierte de cómo reconocer y huir de las brujas. Siempre que recuerdo cuando me colaba en la terraza de los vecinos escalando por el tejado de la casa donde me crié recuerdo la escena del ático de El lugar de las alas de David Almond. Ahora, con veintidós años sigo sintiendo en el fondo del estómago la punzada de decepción provocada porque La historia interminable se acabara y recuerdo mi primer vistazo al holocausto nazi de la mano de Cuando Hitler robó el conejo rosa de Judith Kerr -que, por cierto, me dio la idea de entregar una redacción de inglés utilizando un solo verbo y una larga lista de la compra, sin provechoso resultado. Recuerdo mis arrebatos de ira en los que hubiera deseado ser como Matilda o como Kate de El círculo de fuego para herir a aquellos que me fustigaban y cuando arranqué una página de La princesa prometida porque me negaba a seguir leyendo tras la muerte de Westley. Tenía las estanterías ordenadas por los colores de El barco de vapor y mi peor castigo era ver desaparecer ese libro que estaba leyendo y aún no había terminado. Siempre me han hecho pensar que era distinta porque entendía su secreto y que tarde o temprano llegaría mi momento de vivir algo similar. No recuerdo exactamente en qué momento esa idea se diluyó en la emoción de la realidad pero el caso es que en cierto punto la perdí y nunca he vuelto a sentir lo mismo leyendo un libro.

Luego, como todos, crecí. Todos esos títulos fueron reemplazados por otros más densos, más profundos y más complicados. Pero qué mentira.Soy capaz de leer cualquier tipo de publicación pero yo siempre he leído novelas y siempre voy a leerlas porque es lo que me gusta. Hasta que no he llegado a la universidad no he sido capaz de leer poesía ni ensayo sin aburrirme mortalmente. Nunca me ha molestado leer por obligación pero siempre se señalan esos títulos con cierta inquina, por buenos que sea nadie les libra del estigma de 'los que me mandaron leer en el colegio'. Fueran cuales fueran mis aficiones, he intentado dejar un hueco para leer aunque después de acabar el instituto empezó a serme más complicado. ¿Por qué leer si tienes el teléfono móvil siempre a mano? ¿Y el ordenador? y lo fui apartando poco a poco de mi vida, exceptuando los pocos ratos de dispersión en casa en los que aprovechaba para devorar libros rápida y atragantadamente como si estuviera haciendo algo malo que debía despachar en el tiempo más breve posible para volver a mis ocupaciones diarias.

En este año de retirada y aislamiento en Polonia he sido incapaz de obviar una tentación que lleva acosándome años pero que siempre ha conseguido suprimir: leer esos libros que en su momento me volvieron loca y ahora recuerdo vagamente. Siempre he sabido que arriesgarme a leerlos por segunda vez conllevaría el sacrificio de que nunca más volvieran a ser lo que son en mi mente; es imposible deslumbrar a una adulta de la misma manera que a aquella niña para la que cada palabra suponía una agitación constante. Pero no puedo evitarlo. He vuelto a leer La dama de las camelias, aquel libro que mi madre no me dejaba leer porque era demasiado pequeña para la grandeza de Dumas y devoraba escondida debajo de la cama con una linterna. Lo recuerdo con especial cariño porque después de esa aventura el libro, intacto durante tantos años, había quedado en un pésimo estado -mojado de lágrimas, arrugado y sucio. Y no, no era para tanto. Ya sabía como moría Margarita y el dolor de Armando me dolía, pero lo justo. Esto me decepcionó hasta el punto de no querer intentarlo más.

Pero hace un par de semanas empecé a recordar vagamente un libro de El barco de vapor que según mi poco fiable memoria contaba tres historias distintas relacionadas entre sí. No recordaba el título ni el autor y a duras penas el argumento así que tras revisar decenas de colecciones de SM me planteé rendirme. Pero una palabra clave de la primera historia me vino a la cabeza y lo encontré. ¡¡Lo había encontrado!! Ya había entrado en un bucle del que dificilmente podría salir, así que pregunté a mi madre por ese título y por algunos otros que empezaba a recordar para recogerlos en cuanto volviese a Málaga. Y ya no los guardaba. Había regalado todos mis libros al hogar infantil en el que había estado trabajando. Creo que nunca he sentido tanta rabia e ira motivada por puro egoísmo. Esos libros habían sido míos y no veía capaz a nadie más de disfrutarlos y entenderlos tanto como yo. Ojalá me equivoque.

No tardé más de cinco minutos en comprarlo en una librería de segunda mano y pedir que me lo mandaran a casa. Los otros, ya veríamos, pero estaba tan nerviosa por releer ese en concreto que no veía el momento de volver a casa y recogerlo. A los dos días de haberlo comprado lo olvidé. Pero la casualidad ha querido que estos días un amigo mío bajase a Málaga y recogiera por encargo mío un diccionario que necesitaba urgentemente para poder hacer los exámenes -y que no se me había ocurrido traerme antes porque ¿para qué vas a necesitar un diccionario de inglés si todos tus exámenes son en inglés?-. Mi padre, como siempre, acierta aún sin saberlo y metió dentro del paquete del diccionario la carta con el libro. Y en cuanto la abrí sentí la tentación de leermelo inmediatamente, cosa que aún no he hecho. Llevo un día con el libro encima de la mesa y siento que me llama, que me mira acusadoramente y que me exije que vuelva a prestarle atención y cariño después de haber recorrido medio mundo para llegar a mis manos. Y no soy capaz. Por una parte, recuerdo tan poco de la historia que intuyo que es capaz de sorprenderme como lo hizo la primera vez. Por otro lado ¿por qué voy a sustituir el sentimiento encontrado que me provoca su mera presencia que evoca vagos recuerdos lejanos por clarificar una historia escrita para niños que probablemente no tenga repercusión ninguna en mi cerebro ya adulto?

El libro es Escenarios fantásticos de Joan Manuel Gisbert. Y tengo miedo.