martes, 5 de mayo de 2015

The real thoughts

Los martes por la mañana me despertaba sintiéndome como Edna Pontellier en The Awakening un día cualquiera. Tomando conciencia de mis obligaciones mientras la cama me reclamaba con la fuerte insistencia de la tradición. Las pupilas dilatadas, el cuerpo pesado y el cuello rígido regados con ingentes dosis de cafeína. Café negro, sin leche. Dos sobres de edulcorante y unas zapatillas deportivas mal atadas. Puerta.

El tranvía que nunca llegaba a su hora pero tampoco lo suficientemente tarde como para no dejarme caer en clase con relativa puntualidad. Siempre demasiado temprano para estar ya vivo. Otra interminable hora y media de delirios febriles como los del Harry de Hemingway en los que cada prosa se desgranaba en cientos de palabras repetidas hasta perder el sentido. La agonía y los minutos pasando como la muerte final. Metáforas imposibles, caracteres complejos y vulgaridad tallada en arte, como Lolita . Datos que absorbía entre cabezada y cabezada mirando con desinterés las diapositivas que pretendían engrandecer la historia, ajenas a nuestra pasividad.

En la tarima, el profesor. Leyendo en voz alta fragmentos del Gran Gatsby , levantando la mirada de la hoja para exigirnos ese brillo de inteligencia, de comprensión. Inagotable. Intentándolo una vez y otra, aunque nosotros nos limitásemos a dormitar. Abriendo en canal a los personajes sobre su mesa e invitándonos a saborear las entrañas. Dejando caer las manos derrotadas por unos segundos para comenzar otra vez con una nueva frase. Yo lo miraba con lástima, impotente ante sus esfuerzos nada productivos. ¿Cómo podía seguir intentando explicar los colores a los ciegos y la música a los sordos?

En particular, yo pertenecía a este último grupo. Miraba pero no quería escuchar. Los ensayos me aburrían en sobremanera y consideraba que las novelas necesitaban cierta intimidad; imposible de alcanzar en una clase llena, aunque fuera de ciegos. Así que leía y obviaba los demás estímulos. Pero ah, la poesía. Estaba hecha por y para el público; incluso para el que no la entendía. Todo lo que está escrito no tiene más sentido que ser leído por otro; pero la poesía incluso más. Necesita que la aprueben y la adulen para tener razón de ser.

Yo acariciaba las sílabas de los poemas entre lengua y paladar, ordenando las mejores frases a mi antojo y creando nuevas estrofas inconexas pero con sentido; emulando a Cunnings pero bien, porque, ¿cómo vas a querer aquello que no comprendes? Y qué pasión. Leer poesía en inglés me parecía mil veces más delicioso que en mi propio idioma, en el que, según qué y quién se me antojaba completamente insoportable. Y mucho más difícil. Aún tenía clavada la espina de aquel poemario tan estúpido de Baudelaire que me irritaba con solo recordarlo. ¿Quién necesitaba el simbolismo con lo bonitas que eran las palabras?

Leía a Williams y me dolía el pecho de andar por la nieve a oscuras. Me veía por encima de la filosofía de Locke y me daba rabia no saber. Quería comprender más. Abarcar más. Y cuanto más quería más rápido me cansaba. Había abandonado la musicalidad por el sentido y no me arrepentía, al menos hasta que volvía a ser martes por la mañana ¿Qué era eso de morirse sin conocerlo todo?

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