lunes, 13 de abril de 2015

De la casta le viene al galgo

Reflexionando concienzudamente sobre el tema he llegado a la conclusión de que no me parece mal como concepto en sí que la gente consiga acceder a un puesto de trabajo por enchufe. Quiero decir, no me parece condenable siempre y cuando a ese hecho acompañen ciertas cualidades dignas de admiración como la valía, la dedicación y el esfuerzo; tampoco no estaría mal aliñar la mezcla con un poco de humildad y sacrificio; cualidades que raramente se reúnen todas juntas en un sujeto normal y corriente. Supongamos que la posibilidad de que se reúnan en alguien que accede a su puesto de trabajo sin esfuerzo desciende dramáticamente en proporción. Puras matemáticas.

Empecemos por el principio ¿qué es tener enchufe? Según WordReference -mi nueva RAE- es obtener una recomendación o un cargo o beneficio por influencia. En general se usa como expresión despectiva, es decir, recalcando que el susodicho enchufado/a carece de méritos propios y que jamás habría logrado acceder a dicho puesto o a uno semejante sin ayuda. Como en todo, se generaliza. Se da por hecho que una persona por ser enchufado, heredar un cargo o tener más facilidades que otras para situarse en un punto concreto del entorno laboral queda automáticamente descalificada en la escala de capacidades cuando no siempre es así. Dicho de otro modo: una persona que trabaja por enchufe puede hacerlo tan bien e incluso mejor que otra que haya conseguido ese puesto de manera más 'legal'.

Otro punto que también me hace plantearme la validez del enchufe frente al acceso a un puesto de trabajo en igualdad de condiciones: ¿acaso el sistema educativo funciona por meritocracia? A todos nos viene a la cabeza alguna persona con una carrera, experiencias varias y un montón de títulos que acreditan su preparación y a la que, sin embargo, jamás pondríamos en el puesto de trabajo que actualmente ocupa. También conocemos otras personas que por un motivo u otro ya no recuerdan lo que aprendieron y aún así siguen ejerciendo en ese campo profesional porque a trabajar se aprende de la manera más obvia: trabajando. Y son completamente válidos sin necesidad de recurrir a nociones teóricas. El sistema educativo actual -y no tan actual- está basado en la errónea concepción de que lo importante es memorizar contenidos teóricos y plasmarlos sobre el papel aunque se olviden inmediatamente después: creando un ejército de terribles monstruos: titulados y sin capacidades suficientes para desenvolverse correctamente en el entorno laboral.

Si en la base no se promueve un sistema meritocrático ¿cómo puede exigirse en niveles superiores? Aceptar y tolerar el enchufe está dentro de nuestra idiosincrasia. Aprovecharlo si podemos acceder a él también. ¿Quién no se ha vanagloriado ante la posibilidad de acceder a un puesto al que no podría siquiera haberse asomado sin ayuda? Muchas veces escudándose en un inocente 'me lo merezco'. La exaltación y exageración de las capacidades propias conlleva muchas veces a la disminución del impacto del enchufe ante los demás y mucho peor: ante nosotros mismos. El ejército monstruoso de titulados sin capacidades ataca con su nueva arma: el enchufe que creen merecido, de cuyo ataque se hace difícil escapar. Pero este círculo vicioso que parece tan intolerable a aquellos que no poseen tan deseada ventaja tiene un origen demasiado obvio para ser obviado: aquellos alumnos que aprueban y superan sus estudios mediante mañas, enchufes y favoritismo son los mismos que elegirán a sus empleados a dedazo en las empresas del futuro. O en las instituciones. O quizá, en los partidos políticos ¿quien sabe? aunque no todos los enchufes apelen a la persona y aún sobrevivan algunos basados en las aptitudes personales conocidas debido a una relación personal previa.

Recemos por estos últimos.

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