Todos hemos escuchado alguna vez la famosa cita de Heráclito que dice así "no se puede descender dos veces por el mismo río, pues cuando desciendo el río por segunda vez ni el río ni yo somos los mismos". Pues bien. He intentado aplicar esa máxima de mejor o peor manera a lo largo de mi vida, de manera especialmente incisiva en algunos ámbitos como el de retomar viejas amistades que se rompieron por algún motivo o el de recuperar viejos estímulos de la infancia que si bien recuerdo de manera distorsionada fueron parte de todo eso que me hace ser exactamente lo que soy ahora.
Últimamente estoy fallando estrepitosamente y lo que es peor: por voluntad propia. Siempre he tenido muy mala memoria pero sé que mi infancia y adolescencia van ligadas irremediablemente a una serie de títulos literarios: peores o mejores, más famosos o menos pero míos. Cuando pienso en mis fines de semana en casa de mis abuelos no puede si no venirme a la mente la escena en la que la abuela del protagonista del libro Las Brujas (Roal Dalh) le advierte de cómo reconocer y huir de las brujas. Siempre que recuerdo cuando me colaba en la terraza de los vecinos escalando por el tejado de la casa donde me crié recuerdo la escena del ático de El lugar de las alas de David Almond. Ahora, con veintidós años sigo sintiendo en el fondo del estómago la punzada de decepción provocada porque La historia interminable se acabara y recuerdo mi primer vistazo al holocausto nazi de la mano de Cuando Hitler robó el conejo rosa de Judith Kerr -que, por cierto, me dio la idea de entregar una redacción de inglés utilizando un solo verbo y una larga lista de la compra, sin provechoso resultado. Recuerdo mis arrebatos de ira en los que hubiera deseado ser como Matilda o como Kate de El círculo de fuego para herir a aquellos que me fustigaban y cuando arranqué una página de La princesa prometida porque me negaba a seguir leyendo tras la muerte de Westley. Tenía las estanterías ordenadas por los colores de El barco de vapor y mi peor castigo era ver desaparecer ese libro que estaba leyendo y aún no había terminado. Siempre me han hecho pensar que era distinta porque entendía su secreto y que tarde o temprano llegaría mi momento de vivir algo similar. No recuerdo exactamente en qué momento esa idea se diluyó en la emoción de la realidad pero el caso es que en cierto punto la perdí y nunca he vuelto a sentir lo mismo leyendo un libro.
Luego, como todos, crecí. Todos esos títulos fueron reemplazados por otros más densos, más profundos y más complicados. Pero qué mentira.Soy capaz de leer cualquier tipo de publicación pero yo siempre he leído novelas y siempre voy a leerlas porque es lo que me gusta. Hasta que no he llegado a la universidad no he sido capaz de leer poesía ni ensayo sin aburrirme mortalmente. Nunca me ha molestado leer por obligación pero siempre se señalan esos títulos con cierta inquina, por buenos que sea nadie les libra del estigma de 'los que me mandaron leer en el colegio'. Fueran cuales fueran mis aficiones, he intentado dejar un hueco para leer aunque después de acabar el instituto empezó a serme más complicado. ¿Por qué leer si tienes el teléfono móvil siempre a mano? ¿Y el ordenador? y lo fui apartando poco a poco de mi vida, exceptuando los pocos ratos de dispersión en casa en los que aprovechaba para devorar libros rápida y atragantadamente como si estuviera haciendo algo malo que debía despachar en el tiempo más breve posible para volver a mis ocupaciones diarias.
En este año de retirada y aislamiento en Polonia he sido incapaz de obviar una tentación que lleva acosándome años pero que siempre ha conseguido suprimir: leer esos libros que en su momento me volvieron loca y ahora recuerdo vagamente. Siempre he sabido que arriesgarme a leerlos por segunda vez conllevaría el sacrificio de que nunca más volvieran a ser lo que son en mi mente; es imposible deslumbrar a una adulta de la misma manera que a aquella niña para la que cada palabra suponía una agitación constante. Pero no puedo evitarlo. He vuelto a leer La dama de las camelias, aquel libro que mi madre no me dejaba leer porque era demasiado pequeña para la grandeza de Dumas y devoraba escondida debajo de la cama con una linterna. Lo recuerdo con especial cariño porque después de esa aventura el libro, intacto durante tantos años, había quedado en un pésimo estado -mojado de lágrimas, arrugado y sucio. Y no, no era para tanto. Ya sabía como moría Margarita y el dolor de Armando me dolía, pero lo justo. Esto me decepcionó hasta el punto de no querer intentarlo más.
Pero hace un par de semanas empecé a recordar vagamente un libro de El barco de vapor que según mi poco fiable memoria contaba tres historias distintas relacionadas entre sí. No recordaba el título ni el autor y a duras penas el argumento así que tras revisar decenas de colecciones de SM me planteé rendirme. Pero una palabra clave de la primera historia me vino a la cabeza y lo encontré. ¡¡Lo había encontrado!! Ya había entrado en un bucle del que dificilmente podría salir, así que pregunté a mi madre por ese título y por algunos otros que empezaba a recordar para recogerlos en cuanto volviese a Málaga. Y ya no los guardaba. Había regalado todos mis libros al hogar infantil en el que había estado trabajando. Creo que nunca he sentido tanta rabia e ira motivada por puro egoísmo. Esos libros habían sido míos y no veía capaz a nadie más de disfrutarlos y entenderlos tanto como yo. Ojalá me equivoque.
No tardé más de cinco minutos en comprarlo en una librería de segunda mano y pedir que me lo mandaran a casa. Los otros, ya veríamos, pero estaba tan nerviosa por releer ese en concreto que no veía el momento de volver a casa y recogerlo. A los dos días de haberlo comprado lo olvidé. Pero la casualidad ha querido que estos días un amigo mío bajase a Málaga y recogiera por encargo mío un diccionario que necesitaba urgentemente para poder hacer los exámenes -y que no se me había ocurrido traerme antes porque ¿para qué vas a necesitar un diccionario de inglés si todos tus exámenes son en inglés?-. Mi padre, como siempre, acierta aún sin saberlo y metió dentro del paquete del diccionario la carta con el libro. Y en cuanto la abrí sentí la tentación de leermelo inmediatamente, cosa que aún no he hecho. Llevo un día con el libro encima de la mesa y siento que me llama, que me mira acusadoramente y que me exije que vuelva a prestarle atención y cariño después de haber recorrido medio mundo para llegar a mis manos. Y no soy capaz. Por una parte, recuerdo tan poco de la historia que intuyo que es capaz de sorprenderme como lo hizo la primera vez. Por otro lado ¿por qué voy a sustituir el sentimiento encontrado que me provoca su mera presencia que evoca vagos recuerdos lejanos por clarificar una historia escrita para niños que probablemente no tenga repercusión ninguna en mi cerebro ya adulto?
El libro es Escenarios fantásticos de Joan Manuel Gisbert. Y tengo miedo.
Un perfecto ejemplo, una significativa manifestación de la dialéctica deseo-temor o miedo-fascinación que a veces se presenta como tentadora disyuntiva en nuestras vidas.
ResponderEliminarAunque se intuya evidente: al final lo leí.
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