domingo, 1 de febrero de 2015

Tres meses incapaz de subir las persianas

Te prometo que intenté que me quisieras desde el principio pero fue imposible. Sé que no eras tú, era yo. Pero eso no es lo importante. El caso es que lo intenté y todos, incluso tú, se empeñaban en hacérmelo imposible. No me lo pusiste nada fácil. Muchas veces dudé de que fueses la decisión correcta, sentía que todo lo que había sacrificado por ti no había dado el fruto esperado. No merecía la pena. Vale, quizá sí que hubiera sido distinto si yo hubiera puesto de mi parte y podríamos habernos hecho mucho más felices mutuamente. Pero tú nunca quisiste comprenderme, entender que no sentía estar contigo como mi sitio y que no necesariamente el roce hace el cariño. Esperé durante semanas un acercamiento inminente que nunca llegó, derivando en una brecha que no tenía fuerza ni ganas de franquear. Tú no me querías aquí y yo tampoco. Ahí fue la primera vez que me planteé alejarme de ti. Había estado dispuesta a dar, a tirar lo mejor que tenía por algo que ni veía correspondido ni me aportaba nada más que decepción.

Entonces cambié. Empecé a entender que no podía cambiarte y que lo mejor era intentar aceptarte tal y como eras. Me fui acercando lentamente, di un paso atrás para verte con perspectiva y me gustaron las nuevas vistas. Solté los nudos correctos, alguien me dijo que eras tú lo que tenía. El siguiente paso fue intentar entenderte. Me costó mucho tomarme con buen humor todas tus embestidas pero apreté los dientes y acabé amoldándome a ti. No iba a coger nada más que lo que quisieras darme pero tampoco iba a aceptar menos de lo que me merecía. Tú te relajaste un poco y me dejaste conocer tus rincones. Me tendiste la mano y empecé a pensar que quería volver a intentarlo. Y me quedé. A veces me sorprendía mirándote con una sonrisa de oreja a oreja, orgullosa de mi elección y de lo que estaba aprendiendo de ti. Otras veces, cuando me hartaba de ti y de tu frío, recurría a mis viejos consuelos que me recordaban que aunque a veces se me olvidase eras de lo mejor que me iba a pasar en la vida. Y que debía aprovecharte mientras pudiéramos. Me gustaba hasta que me odiase tu gente; sentirme única y tan pequeña en tu grandeza. Y me sigue gustando.


He necesitado tres meses para aprender que casa es también cuando enseñas a tu corazón a querer un sitio. A veces, estar aquí me hace sentir la persona más afortunada del mundo.

jueves, 29 de enero de 2015

Mis silenciosos acompañantes

Todos hemos escuchado alguna vez la famosa cita de Heráclito que dice así "no se puede descender dos veces por el mismo río, pues cuando desciendo el río por segunda vez ni el río ni yo somos los mismos". Pues bien. He intentado aplicar esa máxima de mejor o peor manera a lo largo de mi vida, de manera especialmente incisiva en algunos ámbitos como el de retomar viejas amistades que se rompieron por algún motivo o el de recuperar viejos estímulos de la infancia que si bien recuerdo de manera distorsionada fueron parte de todo eso que me hace ser exactamente lo que soy ahora.

Últimamente estoy fallando estrepitosamente y lo que es peor: por voluntad propia. Siempre he tenido muy mala memoria pero sé que mi infancia y adolescencia van ligadas irremediablemente a una serie de títulos literarios: peores o mejores, más famosos o menos pero míos. Cuando pienso en mis fines de semana en casa de mis abuelos no puede si no venirme a la mente la escena en la que la abuela del protagonista del libro Las Brujas (Roal Dalh) le advierte de cómo reconocer y huir de las brujas. Siempre que recuerdo cuando me colaba en la terraza de los vecinos escalando por el tejado de la casa donde me crié recuerdo la escena del ático de El lugar de las alas de David Almond. Ahora, con veintidós años sigo sintiendo en el fondo del estómago la punzada de decepción provocada porque La historia interminable se acabara y recuerdo mi primer vistazo al holocausto nazi de la mano de Cuando Hitler robó el conejo rosa de Judith Kerr -que, por cierto, me dio la idea de entregar una redacción de inglés utilizando un solo verbo y una larga lista de la compra, sin provechoso resultado. Recuerdo mis arrebatos de ira en los que hubiera deseado ser como Matilda o como Kate de El círculo de fuego para herir a aquellos que me fustigaban y cuando arranqué una página de La princesa prometida porque me negaba a seguir leyendo tras la muerte de Westley. Tenía las estanterías ordenadas por los colores de El barco de vapor y mi peor castigo era ver desaparecer ese libro que estaba leyendo y aún no había terminado. Siempre me han hecho pensar que era distinta porque entendía su secreto y que tarde o temprano llegaría mi momento de vivir algo similar. No recuerdo exactamente en qué momento esa idea se diluyó en la emoción de la realidad pero el caso es que en cierto punto la perdí y nunca he vuelto a sentir lo mismo leyendo un libro.

Luego, como todos, crecí. Todos esos títulos fueron reemplazados por otros más densos, más profundos y más complicados. Pero qué mentira.Soy capaz de leer cualquier tipo de publicación pero yo siempre he leído novelas y siempre voy a leerlas porque es lo que me gusta. Hasta que no he llegado a la universidad no he sido capaz de leer poesía ni ensayo sin aburrirme mortalmente. Nunca me ha molestado leer por obligación pero siempre se señalan esos títulos con cierta inquina, por buenos que sea nadie les libra del estigma de 'los que me mandaron leer en el colegio'. Fueran cuales fueran mis aficiones, he intentado dejar un hueco para leer aunque después de acabar el instituto empezó a serme más complicado. ¿Por qué leer si tienes el teléfono móvil siempre a mano? ¿Y el ordenador? y lo fui apartando poco a poco de mi vida, exceptuando los pocos ratos de dispersión en casa en los que aprovechaba para devorar libros rápida y atragantadamente como si estuviera haciendo algo malo que debía despachar en el tiempo más breve posible para volver a mis ocupaciones diarias.

En este año de retirada y aislamiento en Polonia he sido incapaz de obviar una tentación que lleva acosándome años pero que siempre ha conseguido suprimir: leer esos libros que en su momento me volvieron loca y ahora recuerdo vagamente. Siempre he sabido que arriesgarme a leerlos por segunda vez conllevaría el sacrificio de que nunca más volvieran a ser lo que son en mi mente; es imposible deslumbrar a una adulta de la misma manera que a aquella niña para la que cada palabra suponía una agitación constante. Pero no puedo evitarlo. He vuelto a leer La dama de las camelias, aquel libro que mi madre no me dejaba leer porque era demasiado pequeña para la grandeza de Dumas y devoraba escondida debajo de la cama con una linterna. Lo recuerdo con especial cariño porque después de esa aventura el libro, intacto durante tantos años, había quedado en un pésimo estado -mojado de lágrimas, arrugado y sucio. Y no, no era para tanto. Ya sabía como moría Margarita y el dolor de Armando me dolía, pero lo justo. Esto me decepcionó hasta el punto de no querer intentarlo más.

Pero hace un par de semanas empecé a recordar vagamente un libro de El barco de vapor que según mi poco fiable memoria contaba tres historias distintas relacionadas entre sí. No recordaba el título ni el autor y a duras penas el argumento así que tras revisar decenas de colecciones de SM me planteé rendirme. Pero una palabra clave de la primera historia me vino a la cabeza y lo encontré. ¡¡Lo había encontrado!! Ya había entrado en un bucle del que dificilmente podría salir, así que pregunté a mi madre por ese título y por algunos otros que empezaba a recordar para recogerlos en cuanto volviese a Málaga. Y ya no los guardaba. Había regalado todos mis libros al hogar infantil en el que había estado trabajando. Creo que nunca he sentido tanta rabia e ira motivada por puro egoísmo. Esos libros habían sido míos y no veía capaz a nadie más de disfrutarlos y entenderlos tanto como yo. Ojalá me equivoque.

No tardé más de cinco minutos en comprarlo en una librería de segunda mano y pedir que me lo mandaran a casa. Los otros, ya veríamos, pero estaba tan nerviosa por releer ese en concreto que no veía el momento de volver a casa y recogerlo. A los dos días de haberlo comprado lo olvidé. Pero la casualidad ha querido que estos días un amigo mío bajase a Málaga y recogiera por encargo mío un diccionario que necesitaba urgentemente para poder hacer los exámenes -y que no se me había ocurrido traerme antes porque ¿para qué vas a necesitar un diccionario de inglés si todos tus exámenes son en inglés?-. Mi padre, como siempre, acierta aún sin saberlo y metió dentro del paquete del diccionario la carta con el libro. Y en cuanto la abrí sentí la tentación de leermelo inmediatamente, cosa que aún no he hecho. Llevo un día con el libro encima de la mesa y siento que me llama, que me mira acusadoramente y que me exije que vuelva a prestarle atención y cariño después de haber recorrido medio mundo para llegar a mis manos. Y no soy capaz. Por una parte, recuerdo tan poco de la historia que intuyo que es capaz de sorprenderme como lo hizo la primera vez. Por otro lado ¿por qué voy a sustituir el sentimiento encontrado que me provoca su mera presencia que evoca vagos recuerdos lejanos por clarificar una historia escrita para niños que probablemente no tenga repercusión ninguna en mi cerebro ya adulto?

El libro es Escenarios fantásticos de Joan Manuel Gisbert. Y tengo miedo.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Quiebros

Ha pasado una semana y Jimmy sigue presente. Siguen, él y las secuelas de su asesinato, en cada ejemplar de prensa, informativo radiofónico, televisión o red social. Sigue cuestionándose si la sanción para los ultras es injusta, si el castigo de no dejarles entrar a los partidos es ejemplar o una mera patochada con la que los directivos buscan lavarse las manos. A día de hoy, una semana después del enfrentamiento entre neonazis y ultraizquierdistas, sus manidos conflictos que nada tienen que ver con el deporte siguen robando espacio de nuestras vidas, de nuestro tiempo. Y lo que es peor aún, de nuestro pensamiento.

Pocos se han atrevido a criticar que quizá lo importante de la trifulca no es la muerte -y con respeto- ni siquiera el eterno odio entre aficiones. Quizá, lo importante tampoco sea aquel espectador inocente que en su paseo matinal a orillas del río Manzanares pueda sentirse amenazado ni que la violencia 'en el deporte' solo importe cuando hay muertos. Puede ser que lo que más miedo de en este asunto sea la normalidad con la que se trata la coexistencia y convivencia de grupos de ideologías extremistas violentas, que además de ser apoyados por equipos y directivos cuentan con la impasividad del aficionado habitual, que los ve como uno más y la ceguera del resto de ciudadanos que no son capaces de ver más allá del oscuro telón.

No buscan matar, pero matan. Tanto izquierda como derecha, tanto skinheads y neonazis como los representantes del comunismo y anarquismo más exacerbado. Protegidos por el manto de aparente ética que les brinda actuar en nombre de una ideología pretenden lo que todos los terroristas: infundir terror. Cuando son jóvenes se unen a esas masas buscando precisamente eso: aterrorizar al resto con el consiguiente respeto que ello implica. Ser más, ser fuertes, ser juntos. Ya lo dijo Salas en Diario de un Skin. Dan todo por 'sus' otros del mismo modo que desprecian a los demás y se les permite. Se les permite estar, reunirse, exaltar figuras que de ser este otro país estarían más que encarcelados. Se les permite manifestarse libremente y acumular antecedentes, sabiendo que tarde o temprano tendrán que sumar al archivo otro indigente quemado vivo, homosexual apaleado o cadáver tirado al río.

De momento el consuelo que nos queda es que al menos se matan entre ellos. Un consuelo débil y que nos sitúa en el mismo estrato moral que a aquellos que tanto dañan. Pero sigue quemando que se publiciten más sus actos que la violencia de verdad, la que causa muertes de inocentes cada día, como arma para limpiar las manos de aquellos que permiten que se den a conocer en sus casas y en sus campos. Toda muerte merece conmiseración pero a mí, al menos, aquellos que disfrutan infringiendo terror no me dan ninguna lástima.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Es cosa de ellos

Han sido muchos años viéndolo con ojos de niña a través de una pantalla, de esas que se crían pensando que lo suyo es siempre lo mejor hasta que aprende lo contrario; que lo que pasa aquí no pasa en todos lados y que muchas veces no termina de estar bien. Creo que el día que descubrí que querían irse me invadió ese sentimiento de sorpresa y de tonta culpabilidad de no haberme dado cuenta antes; nunca habían sido los más ruidosos y sin embargo al final resultaba que eran los más constantes. Pero se me olvidó rápidamente. Siempre que el tema salía en algún debate de sobremesa lo evitaba diciendo ‘si quieren irse que se vayan, no es asunto mío’.




Hasta que pasó.

Estuvo mucho tiempo como ese tema aparcado, como ese telón de fondo que amenaza con dejar paso a un nuevo escenario pero que siempre se mantiene cerrado. Hasta que pasó. Los medios de comunicación llevaban años, meses, alimentando al monstruo. Todos parecían saber que opinar y vaticinaban las mayores desgracias para el futuro país vecino; algunas inventadas y otras un poco más ciertas. No iban a tener dinero. No iban a jugar la liga española. Quedarían automáticamente expulsados de la UE y por consiguiente de todas sus subvenciones, programas y movilidades. Se les prohibiría la libre circulación por el resto de países. Incluso algunos medios llegaron a cuestionar la futura validez de los títulos universitarios otorgados por las universidades catalanas ya que al ser parte del plan Bolonia solo tenían validez dentro de la UE. Alguien decidió que había llegado el momento de dar por válida la teoría de que todos ellos querían marcharse y organizó una consulta con el único objetivo de poder dar por sentado lo que le viniera en gana.




En mi primer año de carrera aprendí bastantes cosas acerca del proceso comunicativo de la Globalización que podría resumir en una creciente interdependencia económica, social y cultural entre distintos países. No se puede entender el concepto de globalización sin la democracia y la economía capitalista. Las economías locales se integran en una mayor, global y buscan la expansión y surge también otro nuevo concepto: la opinión pública. Una vez definidas sus fronteras, los estados buscan la unión con otros estados y el avance. Crean comunidades políticas de derecho como la Unión Europea, organizaciones internacionales y continuos programas que engloban propuestas de diferentes países para un crecimiento común.




También, de la mano de la globalización aparece la glocalización, término que busca definir el pensamiento global en conjunto con la actividad local y la creación de nuevas barreras culturales ante la progresiva supresión de fronteras a nivel económico, político y social; generadas principalmente por personas que defienden sus tradiciones propias de la globalización cultural. Cuando esta glocalización da prioridad a la creación de barreras frente al crecimiento se entra en un nuevo concepto: el etnocentrismo.




El etnocentrismo es exactamente lo que abanderan esos catalanes que en mayor o menor porcentaje apoyan la independencia. Quieren irse y quieren hacerlo por unos motivos lo cual supone dos problemáticas diferentes. La primera ‘dejar de formar parte de España’ se antoja más chocante de otra cosa. España, de facto, ya es un estado federal aunque en los papeles- o en la Constitución- se diga otra cosa. Dispone de un gobierno central y las diversas comunidades autónomas cumplen la función de estados federados, que aunque no tengan su propia constitución como los estados federales tradicionales, disponen de estatutos de autonomía que como bien se presupone, permiten la autoregulación de las comunidades autónomas mediante un gobierno autonómico. En España las comunidades autómas disponen de bastantes niveles de independencia aunque no son iguales en todas las comunidades. Los estados federales al igual que las comunidades autónomas, no pueden separarse del país debido a que igual que para entrar a formar parte de él se firmó un pacto para salir deben contar con la opinión del resto.




La opinión del resto al ser España como es responde en su totalidad a la ideología política de aquel al que le preguntes. Y de todos modos, a nosotros no nos han preguntado. En cuestiones de política nacionalista nuestra opinión es tan válida como en los clásicos partidos de fútbol; están hechos por y para Madrid y Barcelona. De todos modos, si me preguntan a mí seguiré diciendo lo obvio: que se vayan si quieren, es cosa de ellos. Pero que no nos odien ni digan que es culpa nuestra. La deuda de las autonomías sigue creciendo pero Cataluña, al ser una de las regiones que más empresas y entes públicas tiene ha multiplicado por cuatro la suya desde que empezó la crisis y ha seguido pidiendo dinero, como un adolescente rebelde a un padre indulgente. En vez de buscar avance, buscan caer en picado con una deuda que no pueden subsanar afrontando al mismo tiempo los gastos de creación de un nuevo estado; buscan poner fronteras cuando el resto del mundo abre las suyas y encerrarse en un lenguaje cuando los demás luchamos por el aprendizaje de uno común que nos permita hacer de nuestra casa cualquier país.




Si se quieren ir, que se vayan. Que no se queden por miedo, por falta de solvencia o por interés. Si de verdad quieren marcharse por más motivos que por los económicos, que lo hagan. Pero ¿cuáles son los motivos reales?
El pasado 9 de noviembre se celebró una consulta sin más ánimo que ‘conocer’ qué porcentaje del pueblo catalán quería la constitución de Cataluña como estado. Sin más. Sin explicaciones de cómo sería la vida del pueblo los primeros años, sin aclarar que quizá el argumento de que a Cataluña le iría mejor económicamente sin España y sin la UE-ya que quedarían fuera del euro y tendrían que pagar su deuda en esa moneda- no sea tan sólido. Que sean independientes si quieren, pero que lo hagan sabiendo a qué y quién votan. Que no limiten su respuesta a un sí o a un no igual que lleva años imponiendo su rechazada España, que evolucionen y que lo hagan bien. Que si se quieren ir que lo hagan por motivos de cultura o de lenguaje, no por económicos ni por rechazo a la opresión del gobierno central a las autonomías. Le pese a quien le pese, de momento, españoles somos todos y tenemos tantas pautas comunes que el etnocentrismo catalán que implica la creencia de que sus aspectos culturales propios son superiores a los del resto tiene tan poco fundamento como la imposibilidad de una independencia por motivos económicos.



Domingos

Hablando de las necesidades de madrugar los lunes nos acordamos de que mañana es domingo. Aquí hay muchos días que son domingo y la productividad es la única que no descansa. Lees, ordenas, te resituas para sobrevivir a otra semana; para sobrevivirnos. Ahora me viene a la cabeza una enfermedad llamada tracoma que es la principal causa de ceguera prevenible en el mundo -ya se sabe que más en el de abajo que en el nuestro- y que tiene que ver con la suciedad y el contagio por contacto. Salto sin darme cuenta a las causas de la ceguera total y parcial de esa que no se puede evitar del todo. Me muevo de un lado a otro hasta que la parte de atrás del cerebro de los mamíferos -lóbulo occipital- me atrapa durante tanto rato que acabo olvidando lo que buscaba en un principio. De todos modos a fin de cuentas quizá la tracoma también sea la consecuencia de la falta de higiene mental, que muchas veces también se contagia por contacto y a veces se necesite volver al origen de la pregunta -como es Ensayo sobre la ceguera de Saramago- para acordarte de la respuesta.


martes, 7 de octubre de 2014

Zorrearle al karma.

'Es la siguiente' me martilleó en el cerebro como un eco lejano. Túneles y paredes se sucedían ante mis ojos en un remolino de colores y de banda sonora el quejumbroso murmullo de las vías desgastadas. Yo me hubiera quedado para siempre allí, dentro de la vorágine; mirando pasar las estaciones sin pensar en nada más.
Era la siguiente y nos bajamos. Siempre nos estábamos bajando al fin y al cabo y nos habíamos resignado al agotamiento de los viajes largos y ajetreados, obedecíamos las señales de manera mecánica, sin preguntarnos si realmente necesitábamos hacerlo. Pasábamos las noches sentados en escalones o andando sin rumbo mirando hacia arriba con los ojos vacíos, como quien está borracho pero sin estarlo.
Seguir el camino más largo no es tan fatigoso cuando es el único que se te ha enseñado. Interpretar un mapa siempre es más cómodo que buscar un atajo, sobre todo cuando no sabes a donde te diriges y nada puede suponer un quebranto de expectativas. Las guías eran accesorios inútiles y los tópicos turísticos meras convencionalidades con las que cumplíamos de manera perezosa, buscando souvenirs que justificaran nuestra presencia allí.

París se nos había ido de las manos. Observaba los monumentos con el aire imperturbable de quién ya lo ha visto todo y no es capaz de sorprenderse y pensaba en cuál sería la siguiente calle, escultura o museo que observaría con indiferencia. Yo estaba pero no estaba allí, como en todos sitios. Corríamos para no perder el metro a ninguna parte que en su última parada tenía otro hasta luego al que temía más que cualquier cosa.
Era la siguiente y luego habría otra siguiente y quizá otras muchas más. París se me había ido de las manos y de nuevo, la supervivencia.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Diáspora

Me parece fatal que después de tanto tiempo intentando desabrocharme los zapatos lo de menos haya resultado ser el nudo de los cordones. La puerta está abierta, el camino trazado y todos en sus puestos para el comienzo del rodaje. Que extraña suena ahora la palabra definitivo. He echado de menos algunas cuestas, algún obstáculo insalvable que me hiciera aferrarme a lo que me quedaba, me he dado cuenta del coñazo que es que algunas cosas salgan bien. Las oportunidades que buscas y encuentras no se valoran tanto como las que vienen de forma inesperada, pero debes cogerlas igualmente. Supongo que todo esto es algo que me debía a mi misma. El refugio, la desconexión y el deterioro; sería injusto hacerlo siempre todo perfectamente. Los últimos meses me han vivido - más que yo a ellos - en una vorágine sin porqués y con muchos bastayas y ahora salgo de ella sin dejar puertas, ventanas ni ningún resquicio abierto que permita caer en la tentación de volver atrás.

Nunca, creo, me he conformado con vivir la vida que se me ha dado. Siempre he querido más independientemente de que estuviera a mi alcance y hasta el momento no puedo quejarme de no haberlo conseguido. A veces he tenido suerte y a veces he sido la persona más desgraciada pero siempre por esfuerzo o por azar, poco que ver con las acciones del resto de la gente ni la comodidad. Me enorgullezco de haberme aferrado lo mínimo a la base que se me ha impuesto: de vida, de límites y de personas. Me enorgullezco de formar parte de un grupo, de no formarla de otros tantos y de todos aquellos que fueron y finalmente decidí que quizá era yo la que no quería seguir siendo. Me enorgullezco de las cosas que me gustan y de las que detesto, pero no tanto como para no cambiarlas si algún día yo misma lo decidiera. He tendido los puentes adecuados y he cruzado también muchos, algunos con más convencimiento que otros pero todos han debido de ser los correctos si finalmente me han llevado hasta aquí, hasta la puerta de salida de mi casa y de mis costumbres.

No tengo miedo porque he sido capaz de lidiar con todo lo que ha llegado aunque algunas cosas me vinieran grandes y tuviera que crecer o recortarlas. La constancia y la estabilidad me parecen metas admirables pero que no se ajustan en absoluto a lo que pediría si se me hubiera dejado elegir en algún momento. Veintiún años me parecen demasiados y demasiado breves para contener las ganas de volar que ya llevo tiempo anclando al suelo de manera dolorosa. Y no por mis raíces, que permanecen intactas e incluso más fuertes que nunca; no me gusta el frío porque siempre he sido de corazón caliente y se me van a congelar las manos. Ni llevar capas cuando solo quiero quitarme la ropa. No quiero trabarme los primeros días -y quizá todos los siguientes- con mi inglés tercermundista ni la timidez esa implícita en las cosas nuevas y que no me caracteriza en absoluto. Tampoco echar de menos ni echar de más cosas que si no tuviera lejos no serían prescindibles. Pero necesito alejarme de algo que aún no sé si me convence por lo que es o por lo que soy yo y eso justifica todo lo demás.


La soledad es algo que impresiona bastante cuando tienes muchas cosas no resueltas procrastinadas a veces para nunca. Y yo tengo una amplia colección de paraluegos que mientras no esté sola no van a desaparecer. Por eso mi independencia es más fingida que consistente. Necesito al resto de la gente para sentirme vertical; mis capacidades -espero- bastante desarrolladas me permiten una total autonomía que, sin embargo, subyugo a la presencia continua de personas que juzgan y evalúan mis acciones y presuntos sentimientos. La no dependencia de un apoyo físico, sentimental o emotivo se equilibra con mi excesiva dependencia de opiniones.


Lástima que después de tanto tiempo intentando quitarme los zapatos ahora que he aprendido a desabrocharme los cordones se me hayan enredado los dedos.