martes, 7 de octubre de 2014

Zorrearle al karma.

'Es la siguiente' me martilleó en el cerebro como un eco lejano. Túneles y paredes se sucedían ante mis ojos en un remolino de colores y de banda sonora el quejumbroso murmullo de las vías desgastadas. Yo me hubiera quedado para siempre allí, dentro de la vorágine; mirando pasar las estaciones sin pensar en nada más.
Era la siguiente y nos bajamos. Siempre nos estábamos bajando al fin y al cabo y nos habíamos resignado al agotamiento de los viajes largos y ajetreados, obedecíamos las señales de manera mecánica, sin preguntarnos si realmente necesitábamos hacerlo. Pasábamos las noches sentados en escalones o andando sin rumbo mirando hacia arriba con los ojos vacíos, como quien está borracho pero sin estarlo.
Seguir el camino más largo no es tan fatigoso cuando es el único que se te ha enseñado. Interpretar un mapa siempre es más cómodo que buscar un atajo, sobre todo cuando no sabes a donde te diriges y nada puede suponer un quebranto de expectativas. Las guías eran accesorios inútiles y los tópicos turísticos meras convencionalidades con las que cumplíamos de manera perezosa, buscando souvenirs que justificaran nuestra presencia allí.

París se nos había ido de las manos. Observaba los monumentos con el aire imperturbable de quién ya lo ha visto todo y no es capaz de sorprenderse y pensaba en cuál sería la siguiente calle, escultura o museo que observaría con indiferencia. Yo estaba pero no estaba allí, como en todos sitios. Corríamos para no perder el metro a ninguna parte que en su última parada tenía otro hasta luego al que temía más que cualquier cosa.
Era la siguiente y luego habría otra siguiente y quizá otras muchas más. París se me había ido de las manos y de nuevo, la supervivencia.

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