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jueves, 9 de abril de 2020
La desaceleración
Los ajenos
Dicen que este año será el turismo nacional el que ayude a remontar, al menos en parte, la temporada. El turismo nacional, pero ¿quién es ese? el madrileño al que despellejamos por su diáspora a la costa los primeros días de cuarentena, el norteño asustado y contagiado, el sureño dependiente del turismo que tiembla a las puertas de la inevitable debacle económica. Los que esperan pacientemente su ERTE, los que no pueden ser pacientes porque acumulan facturas y se muerden los muñones. También el que tiene miedo, el que ve el contagio en todos lados y pagará por retornar a la vida mucho más de lo que pagó por encerrarse. No sé acerca del turismo, pero del nacional sí sé bastante y en lo último que piensa ahora es en viajar. Diez años son muy poco tiempo para olvidar y perdonar todo. El fantasma de la crisis vuela sobre nuestras cabezas, en círculos como un buitre, preparándose para comerse las sobras del encierro, de la decadencia. Difumina los sueños de días aciagos y plantea, en caso de muchos, un futuro laboral estable como única esperanza. El castillo de naipes de la precariedad se ha desmoronado con el virus y no tenemos margen para remontarlo; bien visto, si consideramos como turista al que no trabaja lo mismo la temporada se apiada de nosotros y nos ayuda a remontar con la ausencia de gastos que provoca su inexistencia. El turismo nacional, dicen. Una vez más nos toca salvarnos a nosotros mismos.
Desde el primer día de cuarentena muchos aplauden religiosamente a las 20.00. Casi todos los que empezaron ese día aún continúan asistiendo a la cita y los que hemos fallado en alguna ocasión rogamos porque nadie se haya dado cuenta. Dicen que ahora eso se evalúa, que si no lo haces y alguno de tus vecinos te detecta comprando de más, saliendo sin evidenciar por qué lo haces, paseando al perro algo más lejos de la cuenta o ,en fin, esas pequeñas ilegalidades en las que algunos incurrimos cada día puede darse el esperpéntico caso de que te denuncien por hacer lo mismo que haces siempre pero sin justificarlo saliendo a aplaudir para hacer ver que estás ahí. Yo, por mi parte, sigo saliendo porque lo necesito. Observar a los demás en sus balcones me hace ser consciente de mi propia pequeñez, relevante a su manera como parte de algo mucho más grande. Formar parte de la comunidad aunque te oprima se está convirtiendo en el credo de estos días. Afortunados los que lo hacen sin saberlo. Díganselo a la vecina del quinto de enfrente, que sale religiosamente a aplaudir cada tarde pero que la emprendió a gritos con nosotros el día de la cacerolada contra el rey, sin que nadie le haya informado de que esas dos manifestaciones podrían ser interpretadas como contradictorias. A mi este tipo de cosas me devuelven la vida y por si acaso sigo saliendo a aplaudir: mejor callar y dar que sospechar que emprenderla a gritos y evidenciarlo. Esa señora no necesita saber que si ella puede aplaudir ahora es por lo que, hace meses, votamos los demás.
En estos días, la aventura de salir a la calle parece ser una oportunidad única para charlar con desconocidos, a pesar de que se recomiende encarecidamente evitarlo. Pero, ataviados con mascarillas caseras, guantes y demás ignominias estéticas, todo el mundo quiere hablar. Preguntan cómo está la familia, hablan de sus condiciones laborales, critican la gestión del gobierno y los breves atisbamientos de actitudes ajenas reprochables que se puedan sacar a la palestra. Respetan la distancia física pero no la emocional, es de todos sabidos que el encierro nos hace más dicharacheros. Entre esas charlas triviales tan necesarias yo escudriño con intensidad los ojos brillantes que asoman sobre las mascarillas, ahora comunicadores principales. Analizo esos ojos desconocidos y me pregunto qué harán en sus casas cuando regresen de este oasis de aire y luz, cuántas horas de televisión verán al día, qué noticias leerán y si se creerán bulos, cadenas y demás despropósito o recibirán la información con mente crítica y la contrastarán. Sonrío ante sus ocurrencias, pero la sonrisa no pasa de mi boca a mis ojos y tras varios intentos asumo que no sirve para nada. Tantos años de plasmar sonrisas comerciales no pueden revertirse en un mes de encierro. Me siento incapaz de incomunicarme con mascarilla y sin abrazos.
Los míos
Por fin he tenido tiempo para hacer esa cosa que tanto gusto de hacer y que jamás me es permitida por los estrechos y acelerados cauces por los que suele circular mi vida cotidiana: ver fotos antiguas. Cuando uno es joven, el concepto de antiguo es relativo, para algunos incluso inmoral, pero para mí se clarifica dentro de unos márgenes sencillos de delimitar. Antiguo es todo aquello que acontece desde que mi autoconciencia como individuo está activa, es decir, desde que tengo uso de razón y comprensión emocional, y se alarga hasta que los elementos hallados pueden ser observados sin el más mínimo poso de nostalgia: eso pasa a denominarse pasado reciente. Observando las diapositivas ancladas en mi caminata por el pasado no puedo sino vanagloriarme de mi suerte: aquellos que están en ellas son, mayoritariamente, los que siguen. Es complicado pasear por el pasado sin que te duela, eso solo puede hacerse cuando has procurado conservar todo lo importante y atesorar aquello que no has podido conservar como el mayor de los regalos. Estos días me reía con mi mejor amiga del estrés comunitario y del comienzo de la edad dorada para las plataformas de videoconferencia y mensajería instantánea; ella lleva cinco años viviendo en Londres y forma parte de mi vida como yo lo formo de la suya. Cuánto nos gustaría enseñarle al resto que al final para estar no hace falta convivir, basta con querer, con tensar con frecuencia la fina cuerda que nos une a los que no viven presentes en nuestra cotidianidad. Observando nuestras fotos no podía sino alegrarme, las perlas más hermosas del pasado son las más escasas pero al final las que permanecen: nos veo en paseos, playas, restaurantes y paisajes pero no en las líneas de esos mensajes diarios que hacen todo eso posible. En nuestro collar se ven las piedras, no la cadena.
En los míos también podemos incluir a todo aquel que se esfuerza por estar presente aunque yo no parezca estarlo demasiado. Aquellos que no me mantienen por costumbre y a los que yo tampoco mantengo y que realmente estaban alejados por falta de tiempo, no de importancia. Si hay alguna sensación equiparable a la de mirar las fotos y luego a tu lado y ver lo mismo es la de retornar a alguien y sentir que no ha habido distancia. La alegría del reencuentro, cuando es genuino, generalmente anula la búsqueda de culpables y si no lo hace no es un reencuentro, es una persecución y es mejor continuar la huída, todo recto y sin mirar atrás.
En el vasto flujo de fotografías hay otros muy míos que también se empeñan en salir con suma frecuencia. Son, en fin, los que sí que forman parte de mi cotidianidad pasada y también la presente, los que palian el estrés y la incertidumbre limpiando, jugando a juegos, viendo vídeos en bucle, siguiendo clases online, compartiendo series. Reflejan los estados de mi alma que yo no manifiesto, la tristeza que no soy capaz de expresar, el desasosiego, la disciplina férrea y el sobrecogimiento. Aplauden conmigo cada día, puntualmente, a las ocho de la tarde. Sin preguntarse por qué incurrimos en prácticas tan poco comunes en nosotros, utilizando esos aplausos a modo de santiguamiento ante los malos espíritus del encierro y la decadencia. Bendita la hora en la que decidimos pasar por esto juntos, era la continuación lógica de una elección mantenida en el tiempo: la de compartir la vida y el espacio con quien te deja ambas cosas más llenas de lo que estaban antes de llegar.
Yo
La supervivencia en cualquier lugar desordenado y caótico dificulta la más simple tarea. Mi cabeza, desde luego, no iba a ser la excepción. Los que me conocen se sorprenden de que habiendo corrido tanto ahora sea capaz de desacelerar de forma más o menos estable. La única forma de evitar que un cuerpo y un cerebro recién frenados funcionen sin explotar por la presión es desmontarlos poco a poco, por piezas y con precisión. Lo primero que desmonté fue la tendencia al exceso: trabajar de más durante tantísimo tiempo me ha hecho creer que esa era la única manera de vivir. Dormir lo mínimo indispensable para soportar el día no es más que el resultado de la disposición mercantilista de nuestro tiempo: cuando no estamos generando estamos consumiendo y esto nos roba hasta lo más elemental, el derecho primigenio. Desde que duermo lo que necesito -no significa esto que lo haga de manera ilimitada- he descubierto que puedo funcionar lentamente y a pesar de todo hacerlo bien, que no necesito llenar cada minuto para demostrarme a mi misma que es un bien precioso. Darse a uno mismo lo que el cuerpo necesita es, también, una señal de respeto. Por lo tanto negárselo es lo contrario, ningunearnos hasta lo imposible nos merma física y emocionalmente. Lo segundo que desmonté fue mi nivel de exigencia: no necesito salir de aquí siendo ni sabiendo más. Respetarme es, también, ser consciente de que no puedo hacerlo todo y no por ello ser menos. Me limito a no degradarme ni a dejarme embaucar por los lodos de la pereza, para mi la inmutabilidad es el más sincero de mis objetivos: me aferro a lo que soy y a mantenerlo, no a lo que quiero ser.
Las expectativas no han tenido cabida en mi confinamiento. Se quedaron fuera junto a todo lo que yo era y junto al mundo que yo conocía, del que yo formaba parte y que ya no será más. Algunos dirán que eso también es expectativa, pero aquel que conoce en profundidad su realidad es capaz de entender que no puede verla dos veces. He descubierto que el silencio me permite observarme a mi y a los demás con una profundidad que hasta ahora me había sido negada. Lo que era fuera, se quedó fuera, junto a las circunstancias temporales que le permitían ser. De nada sirve tratar de comprenderlo ahora, descontextualizado y fuera de lugar. Mi silencio también me arma de empatía: reconociéndolo como propio soy capaz de tolerar el ajeno, incluso de desearlo. Algunas veces esa barrera se rompe y me vuelco, nos volcamos, clarificamos algunos de nuestros miedos en conjunto. Pero la mayoría no se pueden compartir. Erigir mi silencio como bandera debilita mis lazos de comunicación con el exterior, pero los fortalece conmigo misma. Antaño hubiera temido que aquellos que me rodean entendiesen el mutismo por rechazo y sus consecuencias pero hoy comprendo que esa inexactitud no está en mi expresión, está en los ojos del que la observa. Y si hubiera podido paliarlo no lo haré, porque ya no importa. No necesito de lo ajeno para reafirmarme, ahora ya no soy la misma.
Tener todo el tiempo del mundo no significa nada si no se puede disponer de él libremente. Ya venía rumiando la importancia del mío tiempo ha e inculcando a los míos en su arrendamiento como un regalo. En el aislamiento la tendencia es la de estar fuera, precisamente porque no podemos. Volcar fuera lo que hacemos, lo que extrañamos y lo que deseamos en esa puerta al exterior que son las redes sociales. Planear lo que haremos cuando salgamos, siempre en comunidad. Hablar y jugar con los de fuera, en ocasiones solapando a los de dentro que son los que están y con los que tantas veces hemos esgrimido la falta de tiempo como excusa para esperanzar al otro y hacerle creer que en realidad nuestro tiempo es suyo cuando no lo es. Estar dentro con uno mismo es más complejo de lo que esperábamos. Ni hablemos de estar con aquellos que también están dentro con nosotros. Enfrentar la carga de la dependencia ajena es cruel, pero también necesario. El tiempo que no les dedicábamos cuando estábamos fuera no se lo podemos dedicar ahora que estamos dentro, porque no les pertenece. Pero qué difícil es expresarlo cuando podemos aferrarnos a los resquicios de fuera que aún conservan el tranquilizador aroma de la normalidad. Al fin y al cabo siempre es más fácil huir que enfrentarse a la inmensidad del tiempo indomable.
domingo, 16 de noviembre de 2014
Es cosa de ellos
Han sido muchos años viéndolo con ojos de niña a través de una pantalla, de esas que se crían pensando que lo suyo es siempre lo mejor hasta que aprende lo contrario; que lo que pasa aquí no pasa en todos lados y que muchas veces no termina de estar bien. Creo que el día que descubrí que querían irse me invadió ese sentimiento de sorpresa y de tonta culpabilidad de no haberme dado cuenta antes; nunca habían sido los más ruidosos y sin embargo al final resultaba que eran los más constantes. Pero se me olvidó rápidamente. Siempre que el tema salía en algún debate de sobremesa lo evitaba diciendo ‘si quieren irse que se vayan, no es asunto mío’.
Hasta que pasó.
Estuvo mucho tiempo como ese tema aparcado, como ese telón de fondo que amenaza con dejar paso a un nuevo escenario pero que siempre se mantiene cerrado. Hasta que pasó. Los medios de comunicación llevaban años, meses, alimentando al monstruo. Todos parecían saber que opinar y vaticinaban las mayores desgracias para el futuro país vecino; algunas inventadas y otras un poco más ciertas. No iban a tener dinero. No iban a jugar la liga española. Quedarían automáticamente expulsados de la UE y por consiguiente de todas sus subvenciones, programas y movilidades. Se les prohibiría la libre circulación por el resto de países. Incluso algunos medios llegaron a cuestionar la futura validez de los títulos universitarios otorgados por las universidades catalanas ya que al ser parte del plan Bolonia solo tenían validez dentro de la UE. Alguien decidió que había llegado el momento de dar por válida la teoría de que todos ellos querían marcharse y organizó una consulta con el único objetivo de poder dar por sentado lo que le viniera en gana.
En mi primer año de carrera aprendí bastantes cosas acerca del proceso comunicativo de la Globalización que podría resumir en una creciente interdependencia económica, social y cultural entre distintos países. No se puede entender el concepto de globalización sin la democracia y la economía capitalista. Las economías locales se integran en una mayor, global y buscan la expansión y surge también otro nuevo concepto: la opinión pública. Una vez definidas sus fronteras, los estados buscan la unión con otros estados y el avance. Crean comunidades políticas de derecho como la Unión Europea, organizaciones internacionales y continuos programas que engloban propuestas de diferentes países para un crecimiento común.
También, de la mano de la globalización aparece la glocalización, término que busca definir el pensamiento global en conjunto con la actividad local y la creación de nuevas barreras culturales ante la progresiva supresión de fronteras a nivel económico, político y social; generadas principalmente por personas que defienden sus tradiciones propias de la globalización cultural. Cuando esta glocalización da prioridad a la creación de barreras frente al crecimiento se entra en un nuevo concepto: el etnocentrismo.
El etnocentrismo es exactamente lo que abanderan esos catalanes que en mayor o menor porcentaje apoyan la independencia. Quieren irse y quieren hacerlo por unos motivos lo cual supone dos problemáticas diferentes. La primera ‘dejar de formar parte de España’ se antoja más chocante de otra cosa. España, de facto, ya es un estado federal aunque en los papeles- o en la Constitución- se diga otra cosa. Dispone de un gobierno central y las diversas comunidades autónomas cumplen la función de estados federados, que aunque no tengan su propia constitución como los estados federales tradicionales, disponen de estatutos de autonomía que como bien se presupone, permiten la autoregulación de las comunidades autónomas mediante un gobierno autonómico. En España las comunidades autómas disponen de bastantes niveles de independencia aunque no son iguales en todas las comunidades. Los estados federales al igual que las comunidades autónomas, no pueden separarse del país debido a que igual que para entrar a formar parte de él se firmó un pacto para salir deben contar con la opinión del resto.
La opinión del resto al ser España como es responde en su totalidad a la ideología política de aquel al que le preguntes. Y de todos modos, a nosotros no nos han preguntado. En cuestiones de política nacionalista nuestra opinión es tan válida como en los clásicos partidos de fútbol; están hechos por y para Madrid y Barcelona. De todos modos, si me preguntan a mí seguiré diciendo lo obvio: que se vayan si quieren, es cosa de ellos. Pero que no nos odien ni digan que es culpa nuestra. La deuda de las autonomías sigue creciendo pero Cataluña, al ser una de las regiones que más empresas y entes públicas tiene ha multiplicado por cuatro la suya desde que empezó la crisis y ha seguido pidiendo dinero, como un adolescente rebelde a un padre indulgente. En vez de buscar avance, buscan caer en picado con una deuda que no pueden subsanar afrontando al mismo tiempo los gastos de creación de un nuevo estado; buscan poner fronteras cuando el resto del mundo abre las suyas y encerrarse en un lenguaje cuando los demás luchamos por el aprendizaje de uno común que nos permita hacer de nuestra casa cualquier país.
Si se quieren ir, que se vayan. Que no se queden por miedo, por falta de solvencia o por interés. Si de verdad quieren marcharse por más motivos que por los económicos, que lo hagan. Pero ¿cuáles son los motivos reales?
El pasado 9 de noviembre se celebró una consulta sin más ánimo que ‘conocer’ qué porcentaje del pueblo catalán quería la constitución de Cataluña como estado. Sin más. Sin explicaciones de cómo sería la vida del pueblo los primeros años, sin aclarar que quizá el argumento de que a Cataluña le iría mejor económicamente sin España y sin la UE-ya que quedarían fuera del euro y tendrían que pagar su deuda en esa moneda- no sea tan sólido. Que sean independientes si quieren, pero que lo hagan sabiendo a qué y quién votan. Que no limiten su respuesta a un sí o a un no igual que lleva años imponiendo su rechazada España, que evolucionen y que lo hagan bien. Que si se quieren ir que lo hagan por motivos de cultura o de lenguaje, no por económicos ni por rechazo a la opresión del gobierno central a las autonomías. Le pese a quien le pese, de momento, españoles somos todos y tenemos tantas pautas comunes que el etnocentrismo catalán que implica la creencia de que sus aspectos culturales propios son superiores a los del resto tiene tan poco fundamento como la imposibilidad de una independencia por motivos económicos.
Hasta que pasó.
Estuvo mucho tiempo como ese tema aparcado, como ese telón de fondo que amenaza con dejar paso a un nuevo escenario pero que siempre se mantiene cerrado. Hasta que pasó. Los medios de comunicación llevaban años, meses, alimentando al monstruo. Todos parecían saber que opinar y vaticinaban las mayores desgracias para el futuro país vecino; algunas inventadas y otras un poco más ciertas. No iban a tener dinero. No iban a jugar la liga española. Quedarían automáticamente expulsados de la UE y por consiguiente de todas sus subvenciones, programas y movilidades. Se les prohibiría la libre circulación por el resto de países. Incluso algunos medios llegaron a cuestionar la futura validez de los títulos universitarios otorgados por las universidades catalanas ya que al ser parte del plan Bolonia solo tenían validez dentro de la UE. Alguien decidió que había llegado el momento de dar por válida la teoría de que todos ellos querían marcharse y organizó una consulta con el único objetivo de poder dar por sentado lo que le viniera en gana.
En mi primer año de carrera aprendí bastantes cosas acerca del proceso comunicativo de la Globalización que podría resumir en una creciente interdependencia económica, social y cultural entre distintos países. No se puede entender el concepto de globalización sin la democracia y la economía capitalista. Las economías locales se integran en una mayor, global y buscan la expansión y surge también otro nuevo concepto: la opinión pública. Una vez definidas sus fronteras, los estados buscan la unión con otros estados y el avance. Crean comunidades políticas de derecho como la Unión Europea, organizaciones internacionales y continuos programas que engloban propuestas de diferentes países para un crecimiento común.
También, de la mano de la globalización aparece la glocalización, término que busca definir el pensamiento global en conjunto con la actividad local y la creación de nuevas barreras culturales ante la progresiva supresión de fronteras a nivel económico, político y social; generadas principalmente por personas que defienden sus tradiciones propias de la globalización cultural. Cuando esta glocalización da prioridad a la creación de barreras frente al crecimiento se entra en un nuevo concepto: el etnocentrismo.
El etnocentrismo es exactamente lo que abanderan esos catalanes que en mayor o menor porcentaje apoyan la independencia. Quieren irse y quieren hacerlo por unos motivos lo cual supone dos problemáticas diferentes. La primera ‘dejar de formar parte de España’ se antoja más chocante de otra cosa. España, de facto, ya es un estado federal aunque en los papeles- o en la Constitución- se diga otra cosa. Dispone de un gobierno central y las diversas comunidades autónomas cumplen la función de estados federados, que aunque no tengan su propia constitución como los estados federales tradicionales, disponen de estatutos de autonomía que como bien se presupone, permiten la autoregulación de las comunidades autónomas mediante un gobierno autonómico. En España las comunidades autómas disponen de bastantes niveles de independencia aunque no son iguales en todas las comunidades. Los estados federales al igual que las comunidades autónomas, no pueden separarse del país debido a que igual que para entrar a formar parte de él se firmó un pacto para salir deben contar con la opinión del resto.
La opinión del resto al ser España como es responde en su totalidad a la ideología política de aquel al que le preguntes. Y de todos modos, a nosotros no nos han preguntado. En cuestiones de política nacionalista nuestra opinión es tan válida como en los clásicos partidos de fútbol; están hechos por y para Madrid y Barcelona. De todos modos, si me preguntan a mí seguiré diciendo lo obvio: que se vayan si quieren, es cosa de ellos. Pero que no nos odien ni digan que es culpa nuestra. La deuda de las autonomías sigue creciendo pero Cataluña, al ser una de las regiones que más empresas y entes públicas tiene ha multiplicado por cuatro la suya desde que empezó la crisis y ha seguido pidiendo dinero, como un adolescente rebelde a un padre indulgente. En vez de buscar avance, buscan caer en picado con una deuda que no pueden subsanar afrontando al mismo tiempo los gastos de creación de un nuevo estado; buscan poner fronteras cuando el resto del mundo abre las suyas y encerrarse en un lenguaje cuando los demás luchamos por el aprendizaje de uno común que nos permita hacer de nuestra casa cualquier país.
Si se quieren ir, que se vayan. Que no se queden por miedo, por falta de solvencia o por interés. Si de verdad quieren marcharse por más motivos que por los económicos, que lo hagan. Pero ¿cuáles son los motivos reales?
El pasado 9 de noviembre se celebró una consulta sin más ánimo que ‘conocer’ qué porcentaje del pueblo catalán quería la constitución de Cataluña como estado. Sin más. Sin explicaciones de cómo sería la vida del pueblo los primeros años, sin aclarar que quizá el argumento de que a Cataluña le iría mejor económicamente sin España y sin la UE-ya que quedarían fuera del euro y tendrían que pagar su deuda en esa moneda- no sea tan sólido. Que sean independientes si quieren, pero que lo hagan sabiendo a qué y quién votan. Que no limiten su respuesta a un sí o a un no igual que lleva años imponiendo su rechazada España, que evolucionen y que lo hagan bien. Que si se quieren ir que lo hagan por motivos de cultura o de lenguaje, no por económicos ni por rechazo a la opresión del gobierno central a las autonomías. Le pese a quien le pese, de momento, españoles somos todos y tenemos tantas pautas comunes que el etnocentrismo catalán que implica la creencia de que sus aspectos culturales propios son superiores a los del resto tiene tan poco fundamento como la imposibilidad de una independencia por motivos económicos.
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