miércoles, 27 de agosto de 2014

Diáspora

Me parece fatal que después de tanto tiempo intentando desabrocharme los zapatos lo de menos haya resultado ser el nudo de los cordones. La puerta está abierta, el camino trazado y todos en sus puestos para el comienzo del rodaje. Que extraña suena ahora la palabra definitivo. He echado de menos algunas cuestas, algún obstáculo insalvable que me hiciera aferrarme a lo que me quedaba, me he dado cuenta del coñazo que es que algunas cosas salgan bien. Las oportunidades que buscas y encuentras no se valoran tanto como las que vienen de forma inesperada, pero debes cogerlas igualmente. Supongo que todo esto es algo que me debía a mi misma. El refugio, la desconexión y el deterioro; sería injusto hacerlo siempre todo perfectamente. Los últimos meses me han vivido - más que yo a ellos - en una vorágine sin porqués y con muchos bastayas y ahora salgo de ella sin dejar puertas, ventanas ni ningún resquicio abierto que permita caer en la tentación de volver atrás.

Nunca, creo, me he conformado con vivir la vida que se me ha dado. Siempre he querido más independientemente de que estuviera a mi alcance y hasta el momento no puedo quejarme de no haberlo conseguido. A veces he tenido suerte y a veces he sido la persona más desgraciada pero siempre por esfuerzo o por azar, poco que ver con las acciones del resto de la gente ni la comodidad. Me enorgullezco de haberme aferrado lo mínimo a la base que se me ha impuesto: de vida, de límites y de personas. Me enorgullezco de formar parte de un grupo, de no formarla de otros tantos y de todos aquellos que fueron y finalmente decidí que quizá era yo la que no quería seguir siendo. Me enorgullezco de las cosas que me gustan y de las que detesto, pero no tanto como para no cambiarlas si algún día yo misma lo decidiera. He tendido los puentes adecuados y he cruzado también muchos, algunos con más convencimiento que otros pero todos han debido de ser los correctos si finalmente me han llevado hasta aquí, hasta la puerta de salida de mi casa y de mis costumbres.

No tengo miedo porque he sido capaz de lidiar con todo lo que ha llegado aunque algunas cosas me vinieran grandes y tuviera que crecer o recortarlas. La constancia y la estabilidad me parecen metas admirables pero que no se ajustan en absoluto a lo que pediría si se me hubiera dejado elegir en algún momento. Veintiún años me parecen demasiados y demasiado breves para contener las ganas de volar que ya llevo tiempo anclando al suelo de manera dolorosa. Y no por mis raíces, que permanecen intactas e incluso más fuertes que nunca; no me gusta el frío porque siempre he sido de corazón caliente y se me van a congelar las manos. Ni llevar capas cuando solo quiero quitarme la ropa. No quiero trabarme los primeros días -y quizá todos los siguientes- con mi inglés tercermundista ni la timidez esa implícita en las cosas nuevas y que no me caracteriza en absoluto. Tampoco echar de menos ni echar de más cosas que si no tuviera lejos no serían prescindibles. Pero necesito alejarme de algo que aún no sé si me convence por lo que es o por lo que soy yo y eso justifica todo lo demás.


La soledad es algo que impresiona bastante cuando tienes muchas cosas no resueltas procrastinadas a veces para nunca. Y yo tengo una amplia colección de paraluegos que mientras no esté sola no van a desaparecer. Por eso mi independencia es más fingida que consistente. Necesito al resto de la gente para sentirme vertical; mis capacidades -espero- bastante desarrolladas me permiten una total autonomía que, sin embargo, subyugo a la presencia continua de personas que juzgan y evalúan mis acciones y presuntos sentimientos. La no dependencia de un apoyo físico, sentimental o emotivo se equilibra con mi excesiva dependencia de opiniones.


Lástima que después de tanto tiempo intentando quitarme los zapatos ahora que he aprendido a desabrocharme los cordones se me hayan enredado los dedos.

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