"No lo sé -me contestó- a veces ni siquiera sé si soy real. Entiéndame, no es algo que dependa de mi control perceptivo; ahora mismo estoy sentado aquí, con usted y a cada rato me asalta la duda de haber estado aquí realmente estas últimas 48 horas. No es una pregunta literal, es más bien como cuando uno se despierta a media noche y su mente aún se aferra a las incoherencias del sueño. Es una sensación de irrealidad. Le miro y a veces pienso: ¿quién es usted? ¿cómo hemos acabado aquí? ¿qué sentido tiene esto? y me dejo llevar por la circunstancia. Es como si fuese un ser errante, incompleto, que no termina de estar aquí pero tampoco está allá. Como si me faltase el nexo de unión entre los dos yoes que se mueven en diferentes dimensiones. Mi relación con el entorno es complicada. Los demás me parecen seres simples, autómatas destinados a vagar eternamente como extras en el mundo en el que se desenvuelve mi parte consciente. No, no se equivoque, no los desprecio. Intento comprenderlos y ser parte de la masa difusa, aún cuando mi interior berrea tan alto que me impide centrarme en el contexto físico. Contárselo ahora es una purga, una cura de extrañeza que no me hace sino sentirme más extraño aún. Podría decirle que no me juzgue, que mis palabras tienen un trasfondo intencional que podría perderse malpensando. Pero no lo haré. Adelante, júzgueme, consuélese con mis quimeras. Es usted libre para ello. Desafortunadamente, su interpretación de mis palabras me causa la más absoluta indiferencia. Y oiga, eso sí que puede llegar a ser terrible. Imagínese que me importase. Piense, por un segundo, lo que sería tener que lidiar con sentimientos en este estado de confusión espiritual. Aunque pueda sonarle peregrino, he tratado de aferrarme a ellos en más de una ocasión. Pero no funciona. Creo que mi gran problema es que no los entiendo. Hay algunos que me resultan más sencillos que otros, como la tristeza. Es instintivo, adictivo y no requiere gran esfuerzo mantenerse en un estado constante de infelicidad. Pero hay otros que me resultan muy incómodos. La felicidad obliga a mantener un estado constante de euforia que me resulta incongruente. Y el amor, qué cosa esa. ¿Cómo voy a imitar algo que ni siquiera esos seres básicos que sienten por naturaleza saben qué es en realidad? He experimentado con la afectividad y, por lo que he podido observar, es similar a lo que el resto llama amor. ¿Por qué tratan de confundirlo deliberadamente? ¿Por qué basan su vida en una gran mentira? El amor está sorprendentemente banalizado. Lo tratan como algo natural cuando es impulso y maravilla. Se mienten, se utilizan y mezclan sentimientos racionales con lo único hermoso que les ha sido otorgado de manera natural. Son seres incompletos de manera voluntaria, no porque les ha sido impuesto. Desperdician sus recursos en felicidad finita, sin ser conscientes de ello. Eso, en cierto modo, me consuela. Sienten pero no son mejores que yo por ello. Se vanaglorian de tener sentimientos y ni siquiera saben hacerlo bien".
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