viernes, 18 de agosto de 2017

A las armas

En días como hoy observo el mundo con una mezcla de estupefacción, incredulidad y, por qué no: lástima. El primer problema que encuentro es aquel que padecemos todos los adictos a la información: la incapacidad de discernir qué es del todo veraz y qué no en momentos de caos y miedo. En medio del ansia por saber topamos con la lentitud -prudente- de las fuentes oficiales. Con el periodismo. El bueno, el malo, el mediocre. Aquel profesional que adelanta información que luego se torna contradictoria, aquel que publica fotografías y vídeos explícitos sin tener en cuenta que pueden llegar a manos de seres queridos que aún no saben del fallecimiento de la víctima. Aquellos que confunden morbo con información; celeridad con eficiencia y, sobre todo, aquellos que olvidan la ética por las prisas. También topamos con el aficionado que por azar estuvo allí en el instante adecuado y viraliza aquello que consiguió grabar o fotografiar en plena crisis; si debió hacer eso u otra cosa es algo que no me corresponde a mi valorar.

No obstante, más allá de los errores periodísticos -que por desgracia siempre son los más visibles en este tipo de situaciones- me preocupan otras cosas; aquellas que propugnan el verdadero caos social y mediático que estamos viviendo: la opinión general accesible a todos gracias a la democratización de la comunicación e información. Aquellos que, como los periodistas, no se encuentran subyugados ante la espada de Damocles de la opinión pública ni tienen la obligación de disculparse por nada de lo que hagan o digan se amparan en la libertad de expresión para ejercer el 'todo vale' parapetados en la atalaya de la superioridad moral más brutal. Son figuras, influyentes o no, que colaboran en la composición del galimatías que es todo los días posteriores a la tragedia y contribuyen a armar a la población con instrumentos peores que las bombas, los fusiles o las camionetas: con miedo y con odio, que son imparables.

El problema es dual y paralelo: por un lado está la necesidad de expresarse o, más bien, la incapacidad de guardar silencio incluso cuando no se tiene nada que decir y por otro lado la obligación inapelable de juzgar al entorno. Estos dos problemas están anclados en una raíz poderosa: la ignorancia; que ha crecido irrigada durante años -qué digo, décadas- por la xenofobia, la intolerancia y, por supuesto, la inseguridad. El batiburrillo de mensajes en redes sociales sería inédito si no fuese un calco de la bilis que se desprende cada vez que nos enfrentamos a una tragedia de esta índole, sobre todo cuando está relacionado con el yihadismo. Aunque en esta ocasión hay algunos ingredientes especiales made in Spain los componentes esenciales siguen siendo los mismos: refugiados, hipocresía, diferentes tratamientos mediáticos y relevancia social dependiendo de la cercanía; comparaciones con otras tragedias, críticas a los que no se pronuncian al respecto, críticas a los que sí lo hacen, críticas a las comparecencias, su contenido, su dilatación (pero nunca a las repercusiones que estas puedan tener). Uso de la tragedia como arma arrojadiza política e ideológica, racismo, exaltación del nacionalismo, bulos y rumores, repulsa a los que difunden información, repulsa a los que hablan de otros temas y un sinfín de ejemplos más que crean un clima de desasosiego casi tan impactante como el atentado en sí.

Por suerte, rebuscando entre la basura también he conseguido encontrar perlas periodísticas, trabajo incansable, actos de generosidad y de agradecimiento, tristeza sincera por el dolor ajeno y otras cosas maravillosas que no considero necesario enumerar, ya que cualquiera que se encuentre sumergido en el panorama social postatentado será capaz de ver y espero que apreciar. Más allá del odio y el terror -justificable en los primeros instantes de inconsciencia en los que la racionalidad es un bien escaso- consigo ver una sociedad que es capaz de fortalecerse y crecer de manera positiva. Todo eso también son armas. No sé si tan accesibles como aquellas irracionales de fácil alcance y amplia expansión que se retroalimentan del dolor y la indignación mal encauzados. Pero sí más poderosas porque son las que elegimos.