Infancia
Nací en el materno infantil y tardé muchos años en darme cuenta de que no era especial por ello porque si le preguntabas a los demás niños te decían lo mismo. Tampoco había nada especial en mi nacimiento, ni me adelanté ni llegué demasiado tarde aunque tuvieron que sacarme con fórceps y aún así fue normal. De gatear pasé a correr y me golpeaba tan fuerte que el dolor me dejaba muda y no podía llorar. Aprendí a leer en una guardería cuyo nombre no recuerdo pero a la que sabría situar sin rechistar aún ahora en un callejero de El Palo. Al principio mis padres me llevaban por el paseo marítimo en el asiento trasero de la bici, luego mi madre se compró una moto y mi momento favorito de la semana eran los domingos de desayunar churros con chocolate en un videoclub-cafetería después de misa. También aprendí a patinar en la pista de baloncesto del paseo marítimo, bajo la máxima de no poner las manos al caerme porque podrían romperse y el culo no. El Telepizza que hacía esquina era un premio, igual que el parque de bolas que significaba cumpleaños y que cerraron hace tanto que casi ni lo recuerdo. Me crié en Pedregalejo sin hacer castillos de arena como los niños de las demás playas. Yo jugaba en los espigones, llenando orgullosamente mi cubo de erizos con los que pretendía montar mi propio chiringuito, como alternativa a las barcas de espetos que (además de detestar las sardinas) me parecían ruidosas y extravagantes. Huelga decir que luego mi madre nunca me los dejaba llevar a casa. Todos los dieciseis de julio veíamos entrar en el agua a la Virgen del Carmen y nos mojábamos los pies y comíamos pescaito. Si me comportaba podía montarme en una atracción o dos de las de la feria. Luego nació mi hermana y ese día fue para siempre el suyo.
En casa teníamos una azotea en la que habíamos pintado un árbol y un sol amarillo y en las tardes de verano era el último sitio que se iluminaba antes de que todo se oscureciera dando la impresión de que el que brillaba era el sol de la pared y no su homólogo. Me pasé una parte de la infancia intentarlo retenerlo con frascos de cristal, espejos e incluso con redes. De haber tenido una cámara de fotos me hubiera ahorrado la decepción de mis intentos fallidos. Cuando descubrí que no funcionaba me centré en el limonero y las enredaderas del patio delantero. O quizá era un melocotonero, no lo recuerdo demasiado bien. Las enredaderas sí que estaban. Enterraba cosas, para mi sumamente valiosas, en los terrarios intentando que crecieran o que alguien las descubriera pasados unos años cual tesoro. Siempre las descubría mi madre y las acababa tirando después de una bronca, pero yo no cejaba en mi empeño. Mi madre también me pintaba los zapatos; en aquella época en la que para mi Victoria eran zapatillas de lona y no una marca de cerveza. Tenía el colegio a cinco minutos y en otoño había tantas hojas por el suelo que jugaba a no pisar ninguna en el camino y casi nunca ganaba. Siempre que llovía llegaba tarde y me tiraba hasta el recreo con los zapatos húmedos pensando que los niños que iban con botas de agua eran unos impertinentes, cuando a mi no me dejaban amañar de ningún modo el uniforme. Los días de excursión eran días de tortilla de patatas y de vestir a nuestra manera y podían planearse durante semanas. Por las tardes iba al conservatorio de mi barrio, que de día era un colegio público y en cuanto se vaciaba, apartaban los pianos y los atriles de las paredes y lo llenaban de música (luego se mudó a uno más grande y yo con él).
Semana Blanca era la semana de la libertad, en la que los padres trabajaban y podíamos ver los dibujitos todas las mañanas. El día de Andalucía era el de comer pan con aceite y sal y chocolate aguado. Descubrí la magia de la Semana Santa tan temprano que se me gastó pronto; jamás conseguí acabar una bola de cera porque las perdía de un año para otro y tenía que volver a rehacerlas a partir de papel de aluminio. Ya entonces me parecía demasiado ruidosa y masificada, pero todo merecía la pena con tal de comer algodón de azúcar y manzana de caramelo. En una ocasión comí tanta que vomité y no he sido capaz de volver a probarla. Nunca he vuelto a vivir algo con tanta anticipación como los fines de semana con mi padre que significaban pesca, picnics en el parque del oeste y aprender a meter las marchas en el coche. Un domingo al mes iba al cine matinal de los domingos al Rosaleda y luego a comer al McDonald y si en la vuelta a casa mis abuelos me compraban chuches en un quiosco era la mas feliz del mundo. Los años se deslizaron perezosamente y haciéndome cosquillas en la cara como el sol en invierno y la pequeña fortaleza que era para mi Málaga Este dejo de ser la mía. Cambié de barrio.